De mucho, un poco…

In Opinión

Hernán ARANDA GONZÁLEZ

La desesperanza, el peor escenario

Muchas veces he escuchado aquel célebre discurso del seis de marzo de mil novecientos noventa y cuatro, justo al pie del monumento en honor a la Revolución -a ese movimiento social que con el tiempo pasó de precepto a simple concepto-, y una y otra vez, como ayer y como siempre, no encuentro nexos entre sus líneas y el artero crimen que cambió el rumbo de la historia reciente.

No es en las ideas sino en las circunstancias y los hechos, que hallo alguna relación entre el acontecimiento y el cruel suceso del día veintitrés del mismo mes en Lomas Taurinas, que impidió al sacrificado candidato demostrar que sus intenciones de cambio eran ciertas y no parte de la retórica del discurso. En fin, que en su pensamiento estaba saciar el “hambre y sed de justicia” a que aludió, y recuperar algo de lo que desafortunadamente ya se había empezado a perder, la confianza de un “pueblo agraviado”.

La desconfianza es una emoción negativa con implicaciones relacionadas con la falta de seguridad en la buena fe de las acciones de otras personas. Es, por definición, exactamente opuesta a la confianza, que se deriva de la certidumbre de que las cosas se harán como se espera, se desea y, claro está, se necesita.

La desconfianza aparta a una porción de la población de la objetividad y la convierte en instrumento manipulable de quienes perversamente la convencen de cosas que sólo existen en su imaginación. No se puede culpar a los ilusos si su ilusión se centra en la idea de reencontrar el camino y recuperar lo que alguna vez fue suyo: la alegría, la fe y la esperanza.

Buena sería la búsqueda si se basara en el análisis desapasionado y la aguda reflexión; podría ayudar a reencontrar la fe y la confianza en el camino. No obstante, esa fe y esa confianza no pueden ser ciegas, deben ser producto de un cálculo frío y sereno de lo que más conviene.

Loable el afán de la gente por recuperar la confianza, lo malo es entregarse a una hipotética esperanza sin apreciar si se trata de nuevos cantos de sirena. Desconfiar y luego confiar sin base ni fundamento, puede llevar a lo irremediable, la decepción y la percepción de fracaso, mucho más grave que la desconfianza en sí misma.

Nunca, o pocas veces se había vivido un proceso electoral tan ligado a lo anterior y por tanto tan complejo, tan sui géneris. Encima de la propuesta, más allá de la virtud personal está la desconfianza, el escepticismo, y han surgido lamentablemente el insulto y la descalificación.

Se vive en una zona de conflicto en la que abundan interesados en crear la percepción de que ha dejado de prevalecer la justicia e imperan el caos y el desorden. Quieren que la autoridad se pierda y el imperio de la ley sea letra muerta. El peso de los partidos y los candidatos no puede ser mayor que el de la sociedad. Quiera la fortuna que el dos de julio marque el final de este desventurado tiempo.

Se resisten a reconocer que el gobierno a todos sus niveles no se encuentra en manos de un solo partido político, y que en el contexto nacional existen funcionarios en diferentes ámbitos que pertenecen por igual a todos los partidos; por tanto; la duda y la desconfianza corresponden a la clase gobernante en general y no a una fracción de ella.

Hay un marcado descontento social, un resentimiento en contra de quienes han incurrido en escándalos de corrupción y se han cubierto con el manto de la impunidad. Existe, es innegable, un vacío entre gobernantes y gobernados por la mala distribución de la riqueza pública y la falta de oportunidades de la misma sociedad.

La incertidumbre ha sido sembrada, la desconfianza permea y no queda mucho espacio para que la anhelada confianza se pueda recuperar en el corto plazo. El ciudadano común, duda, desconfía, no cree en sus representantes, del partido que sean y a cambio, se entrega sin mucho pensarlo en quien le habla bonito al oído y que tal vez -lo más probable-, un día será su nueva decepción.

El peligro ahora consiste en que la desconfianza se convierta en desesperanza; ese sería un caldo de cultivo que nos pondría en el umbral del peor de los fracasos. Tan sólo faltan un poco más de dos semanas para saberlo. Dieciocho días para que sepamos de qué estamos hechos y que México y Campeche son cosa de todos y no interés malsano de unos cuantos.

Cero y llevamos cuatro

“Todo es lana. Por ejemplo, Catastro es una mina de miel. Codesvi es pura recaudación igual. En la supervisión de mercados revisas cuánto llenan, los inventareas. Ahí la mitad de la lana se la quedan los supervisores, 300 mil pesos al día, ¡puf!, es otro nivel los ingresos”; “…en la proveeduría también hay “negocio” por cursos que no se impartirán y solo serán facturados por empresas”.

“Eladio está acreditado ante no sé qué… y es un negociazo”; “…que es difícil que podamos movilizar 70 mil personas, pero, el porcentaje esperado, exitoso en una elección que tú puedas movilizar es del 30 por ciento, es decir 21 mil personas… Son unos borregos”.

Sin comentarios. Si alguien no está de acuerdo, si tiene alguna duda, se sugiere leer otra vez parte de la sección anterior, principalmente los dos últimos párrafos. Habrá más cosas que decir, y las diremos.

… Y ALGO MÁS

Las buenas noticias son siempre bienvenidas

Pocas semanas han transcurrido desde la última visita presidencial y de los primeros movimientos relacionados con el establecimiento de las Zonas Económicas Exclusivas y del corredor Campeche-Champotón-Carmen, y ya existe una explicable inquietud por formar parte de sus resultados.

Promesa cumplida del gobernador, el novedoso polígono es ni más ni menos que una realidad lograda a golpe de terca y obstinada gestión de Alejandro Moreno Cárdenas, su toque de puertas a todos los niveles y, como ha queda claro, la ayuda invaluable del jefe de las instituciones nacionales, el presidente Enrique Peña Nieto.

En la más reciente de las reuniones con empresarios campechanos, el mandatario estatal les advirtió que están en el deber de prepararse para lo que traerá consigo el establecimiento de esa novedosa oportunidad de inversión que demandará muchos bienes y servicios; sobre todo porque van a tener competencia de empresarios de otras entidades. “A ponerse las pilas”, los llamó el joven ejecutivo.

Como se espera, cientos de inversionistas nacionales e internacionales arribarán con el único afán de hacer negocios, lo que obliga a los locales a sumarse al progreso frente a una atractiva demanda. El cambio es tan inminente que ya existe un desacostumbrado movimiento de compradores de terrenos ubicados en el amplio polígono, lo que hará que la plusvalía se dispare al infinito en beneficio de los ejidatarios y pequeños propietarios que tienen la posesión de esas tierras.

Como complemento de lo anterior, se espera a principios del próximo año la llegada al puerto de Seybaplaya de los cruceros de lujo ya anunciados en meses pasados, que traerán como pasajeros a gente de alto poder adquisitivo.

Quien paga un boleto de más de ciento cincuenta mil pesos por un viaje de una semana, no tendría ninguna reserva en gastarse veinte mil o treinta mil más en una estancia de dos días, lo que representaría una significativa derrama económica para la empresa campechana.

Veinte arribos durante la temporada correspondiente al año próximo y al siguiente trayendo cuatro mil pasajeros que pagarán siete mil setecientos dólares por persona y dos mil quinientas habitaciones ocupadas en promedio por dos noches, presagian buenos tiempos para la industria sin chimeneas.

“Tuvimos el auge del petróleo en los ochentas, tuvimos muchos proveedores de servicios, pero los campechanos nos quedamos fuera de esa oportunidad, las grandes empresas trasnacionales fueron las que tuvieron un gran crecimiento, y hoy tenemos una enorme oportunidad para que sean los empresarios locales, de todos los municipios, los que crezcan”.

Claro, preciso, enfático, directo y objetivo el discurso del joven gobernador a los empresarios que escucharon con atención su mensaje, afín a su propósito de hacer de Campeche una potencia para “Crecer en Grande”.

 

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