La Otra Opinión

In Opinión

Francisco Javier VÁZQUEZ BURGOS

KÁLMÁN, SABIDURÍA Y CARÁCTER

Al periodista con gafete internacional, Kálmán Verebélyi, lo conocí en 1985, en un salón de clases y nuestros primeros encuentros no fueron agradables, y es que a este señor le sobraban dos cosas, talento y  fuerte carácter; talento para el periodismo, que amaba y que le permitió recorrer muchos  países africanos en guerra, como corresponsal de una televisora y de un periódico, y carácter para decir lo que pensaba de manera directa a quienes lo rodeaban, no tenía prudencia,  y muchas veces eso no gustaba. Kálmán era de los que pensaba que la buena relación entre el político y el periodismo no puede existir, porque deja de ser periodismo y se convierte ese trato en relaciones  públicas y convenencieras.

Recuerdo la tarde que lo conocí.  Yo estaba sentado en un salón, sería septiembre quizá, del 85, cuando de pronto entró un tipo con caballera larga, blanco y grandote al salón, que hablaba el español como si fuera su lengua materna, aunque se lograba distinguir su acento extranjero, era de Hungría.

Me emocionó la idea de tener un maestro extranjero, era la posibilidad de tener conocimientos y visiones del mundo desde otra óptica. Pensé: “con un mentor  extranjero, seguro aprenderemos”, pero lo que no imaginé es que fuera de trato tan difícil. Muchos años más tarde conocí  lo que escondía el hombre de fuerte carácter, tras su dureza había nobleza, sensibilidad, trataba de ser justo, y siempre se preocupaba por los demás.

Y en verdad, Kálmán y yo, durante todo el tiempo que transcurrió la carrera, si bien nos tratamos, nunca fuimos  los mejores amigos, nos saludábamos y cruzábamos palabra por asuntos de la materia que  impartía. No quería uno llegar a su clase, era exigente, muy exigente; recuerdo que en una ocasión nos hizo leer varios libros para el examen, y todos nos preparamos lo mejor que pudimos, de poco nos sirvió, luego de desvelos y de prepararnos sobre el contenido del libro, solamente nos preguntó cuántos capítulos tenía este, la editorial,  el autor y alguna otra cuestión por el estilo. Todos reprobamos.

Decía que no era posible que leyéramos un libro y no supiéramos de quién era;  también nos explicaba que hay que conocer  de dónde era quien escribía el libro, no era la misma opinión de un tema económico la que tendría un autor americano que uno de un bloque socialista. Todo era enseñanza, pero era difícil.

Recuerdo que un día me dijo, palabras más,  palabras menos  “Qué carajo haces estudiando periodismo; no sirves para esto, cámbiate de carrera”. Ese día, en ese instante decidí que yo sería periodista y que Kálmán se fuera al diablo.

Dejó de darnos clase, vinieron otros maestros. Él tenía varios trabajos, ocasionalmente lo cruzaba en los pasillos y nos saludábamos, llegamos a jugar fútbol, en alguna ocasión, en un mismo equipo, pero nunca en los tiempos de escuela  fuimos buenos amigos, nunca conviví con él, como otros compañeros, pero siempre le consultaba asuntos del periodismo y siempre encontré orientación.

Pasaron muchos años y me topé con él en un periódico en el cual  Kálmán era el encargado de cultura, y me tocó trabajar bajo sus órdenes; lo pensaba y temía que no le gustara mi trabajo, así que  sabía que tenía que ser cuidadoso; para mi buena suerte le gustaba mi trabajo, me decía que tenía mucha imaginación, al menos lo comentó una vez, porque de esa boca, de la que salían críticas, que hoy sé que eran enseñanzas, difícilmente brotaba un reconocimiento al trabajo.

Algo que no recuerdo me hizo tomar otro camino, y nos dejamos de ver mucho tiempo, lo volví a ver un día que apareció en mi casa para pedirme  que colaborara en un periódico que estaba en huelga, accedí, eran tiempos de aventura, de experimentar. Ahí  medio aprendí a esquemar y formación,  todo a la antigüita, contando letras por columna. Acabó el movimiento,  lo dejé de ver de nuevo.

Otra vez supe que se fue  de la ciudad, y pasado muchos años lo volví a saludar, él no cambiaba, seguía con su trato difícil, era agresivo en sus entrevistas, pero muy acertado en lo que escribía, era extraño leer sus escritos, no reflejaba su mal carácter, sus escritos eran equilibrados, descriptivos,  se negaba a usar los calificativos, eso siempre me lo recomendó,  y a veces  lo recuerdo y  lo aplico.

En otro tiempo lo volví a mirar cuando  yo trabajaba en Candelaria,  y veníamos ocasionalmente a algún evento de gobierno  y ahí lo saludaba. Lo dejé de ver otra vez.

Un día, al salir a la puerta de mi casa, un par de años atrás, Kálmán pasaba por  enfrente, nos paramos a platicar como si fuéramos los grandes amigos, y nos empezamos a frecuentar, tomábamos café  en la casa muy seguido, y nos entraba la madrugada platicando de todo. Yo preguntando mis dudas del periodismo, él enseñándome, contándome sus aventuras por todo el mundo.

Ahí fue cuando empecé a conocer a mi amigo el desconocido. Resulta que Kálmán, que llegó a México con una empresa agrícola portuguesa, creo me dijo, como traductor, antes  vivió, como corresponsal de guerra, como internacionalista, los horrores de la descomposición de varias naciones africanas. Me contó de sus  reuniones y entrevistas con militares de esas naciones en guerra,  que lo tocó ver a niños  sufriendo el hambre en las guerras, gente morir  literalmente de hambre.

Me decía que los mexicanos tenemos un gran país  y que  en vez de disfrutarlo, solamente  criticamos, exigimos; decía que en México no hay tantos problemas, que debería conocer otras partes del mundo para entenderlo. Le gustaba México y creo que  sobre manera le gustaba Campeche, decía que no regresaría a su país, que aquí se sentía a gusto.

Trabajó en México para el PRD, con Bejarano y otros políticos de ese partido, creo que él se encargaba de dirigir una escuela de regularización, daban seis materias de apoyo a los chavos de las colonias para que pasaran sus materias en la prepa y pudieran entrar a la universidad  bien preparados. También trabajó en Campeche en  Cultura y en varios periódicos y televisoras, y asesoraba además a varias dependencias.

No se cansaba uno de escuchar los relatos  de su vida, de la guerra, las escenas que nos describía, la miseria, el hambre. Recuerdo que me dijo que varias tomas de los efectos  de la guerra ni siquiera se atrevieron a transmitirlas, eran crueles.

También me contaba de la vida nocturna de Francia, de sus bares y restaurantes, con el tiempo confundo los hechos, pero me narraba de sus visitas a  la terrible Rusia, recuerdo que me platicó que un militar le dijo que le respondería sus preguntas, pero si se tomaba tres copas de vodka, lo que dice que hizo sin problema y obtuvo la entrevista, ahí  el control de los medios era muy severo; me habló de la vida en Portugal, de Cuba, donde era nadador, y de su natal Hungría. Me decía que no le gustaba trabajar las tierras de su padre, quien después de una desilusión de Cuba, se regresa a su país y se aisla, prácticamente.

Como muchos  jóvenes, Kálmán, para poder estudiar tenía que trabajar, y le fue muy bien,  no era gratuito, masticaba el ruso, el español,  hablaba el inglés y el portugués, además de su lengua materna, el húngaro, que nos decía permite  hasta dos acentos en algunas palabras, como su nombre, por ejemplo.

Me contó que su padre le dio un dinero cuando se fue a la Universidad y le dijo que lo cuidara, Kálmán no lo hizo, lo que lo obligó a tener que trabajar,  me dijo de un periodista que fue su maestro y con el que tuvo la oportunidad de trabajar,  de ese señor  cuyo nombre ni nacionalidad recuerdo, Kálmán aprendió el periodismo.

Cuando cobró, lo primero que hizo fue que le compró  varios vestidos a su madre, lo contaba con gusto. Me hablaba de sus dos hermanas una es doctora, y otra química o no recuerdo que me dijo, una vive en Miami y otra en Hungría; me contaba de sus sobrinas, una violinista, de su sobrino que era corredor de motos y se lesionó en una carrera, y que ahora vivía en Irlanda. De su hijo, de su nieto, de cómo conoció a su esposa. De su padre, de su vida de niño en la fría tierra. Me contó que a los doce años ya había leído todos los libros clásicos, y es que decía  que salía a la una de la escuela, jugaba futbol hasta las tres y luego se metía a su casa para no morir congelado.

Kálmán parecía un hombre duro, muy duro, pero lo vi, en los últimos años de su vida, compartir lo poco que tenía, una vez compró fruta, es muy barata en Campeche, y como le pareció poco lo que pagó por ella, le dio algo de dinero de más al vendedor. A otro vi que le regale un auto viejo y un celular, además siempre orientaba a sus compañeros de periódico sobre cómo mejorar en su trabajo y ser más profesionales. Fue una escuela para el periodismo en Campeche. Creo que lo conocían en todos lados, y le reconocían su capacidad y su carácter delicado. Además siempre platicaba con los chavos de la Benito Juárez, era parte del grupo de asesores voluntarios, como Rea, Peña, entre otros que colaboramos.

Su mismo carácter lo llevó a tener problemas en sus relaciones  personales con sus parejas, su carácter y su ojo alegre.  Quizá las damas  fueron su debilidad y en eso se gastó gran parte de lo que ganaba.

Kálmán decía que nada le preocupaba, pero eso  era mentira, siempre deseó regresar con su hijo y tratar a su nieto. Eso le dolía en el alma. Se fue sin recomponer la relación con su familia, pensando que su hijo no lo amaba, y cosas de la vida, fue su hijo, al que abandonó de niño, quien vino a recoger sus cenizas. Dos hombres de mucho carácter y orgullosos. Y si Kálmán tenía varias maestrías y un doctorado, y hablaba varios idiomas, su hijo sigue sus pasos en cuanto a preparación.

Fueron muchas tardes, noches, que platiqué con Kálmán, luego  lo invité a colaborar con unos amigos  y así estuvo casi por un par de años, calculo, lo que nos permitió  alargar las horas de plática, frente a una cerveza oscura de tarro, que era lo que tomaba.

Muchas horas se  las pasó criticando lo que yo escribía, corrigiéndome, enseñándome, dándome sugerencias de cómo mejorar, finalmente, creo que algo aprendí, porque en los últimos meses él me daba sus artículos para que yo se los comentara con mis observaciones. Ahí fui cuando supe que me consideraba su amigo y me lo confirmó cuando me invitó a colaborar con su casa editorial, La Jornada Maya.

Me faltaban tantas cosas por aprender, teníamos  proyectos, algunos programas de televisión en puerta, poner un café  y mil tonterías que se nos ocurrían, pero ya nada será posible, mi amigo se adelantó con el Creador, ya no habrá más tardes de enseñanza en algún bar de la calle 59, donde le gustaba sentarse por horas a platicar de su tema preferido, el periodismo.

 

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