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  • Sábado 16 de Junio de 2012, 12:36 am. Por: Redacción de El Sur
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Abandono y maltrato, cotidianidad en la vejez

En el Día Mundial de Toma de Conciencia sobre el Maltrato en la Vejez

MEXICO, 15 de junio.- Sus 83 años se convirtieron en gritos, abandono y desilusiones, acentuadas por un caminar lento y difícil, el evidente temblor en sus manos y la dentadura incompleta. Hace cinco años todavía era importante en su familia, ahora, rememora Doña Eva desde una casa de retiro, apenas la visitan.

Doña Eva dejó de convivir con hijos y nietos. Ahora lo hace con otros adultos mayores que, como ella, son llevados a centros de atención o retiro, donde por una cuota, los familiares se desentienden de las necesidades cotidianas de estas personas; aunque también hay algunos que sólo permanecen por horas, mientras sus parientes trabajan.

Ella forma parte de la población mayor de 60 años que sufre discriminación, como asienta la Encuesta Nacional de Discriminación elaboraba por el INEGI en 2010, y que señala igual condición para tres de cada diez personas que superan ese rango de edad.

Hoy, en el Día Mundial de Toma de Conciencia sobre el Maltrato en la Vejez, Doña Eva tiene presente el hogar que fincó, con amor a los hijos, con valores, con principios; pero ahora todo es añoranzas de tiempos idos.

Un caso diferente es el de Don Alfonso, quien aun con su cuerpo desgastado por el paso del tiempo; es importante para sus hijos y pasa unas horas en una casa de reposo porque le hace feliz estar en compañía de "las muchachas", como llama a sus compañeras.

Mi familia me trae aquí porque me la paso muy bien, estoy entretenido todo el día, juego, oigo música, bailo y además hay puras chicas guapas, comenta Don Poncho, como lo llaman sus amigas.

El testimonio de Doña Eva es sólo uno de los miles de casos de ancianos que son abandonados por sus familiares en un asilo o en la propia casa. Sin embargo no todas las historias son de olvido o maltrato, pues actualmente existen en México residencias y clubes de la tercera edad en donde son tratados con dignidad.

Algunas de esas residencias ofrecen alojamiento temporal o permanente, alimentación, médico, terapia psicológica, entre otros servicios, en donde el adulto mayor se integra con sus compañeros en un ambiente cómodo y seguro que lo hace sentir querido y con una buena calidad de vida.

Este tipo de residencias -hoteles, inspiradas en modelos de Estados Unidos y Europa, ofrecen a los residentes servicios de asistencia, de nutrición, geriatría, terapeutas, fisioterapia, control de medicamentos; cultural, de lavandería, de belleza y entretenimiento, entre otros.

Para las personas de la tercera edad con menos recursos, el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), ofrece albergues y residencias diurnas que les brindan asistencia integral para cubrir sus necesidades básicas.

También cuenta con espacios comunitarios o clubes en donde se reúnen y reciben diversas alternativas de formación y desarrollo humano; de corte educativo, cultural, deportivo y social, con la finalidad de promover su integración y participación.

Cuando los ancianos ingresan a estos centros, se sienten seguros al estar rodeados de personas que los atienden, dejando atrás los recuerdos de maltrato físico y psicológico.

Como es el caso de Don Alfonso, quien es un anciano afortunado porque su familia sólo lo deja en la estancia de ocho de la mañana a seis de la tarde, l sabe que todos los días regresará a casa a ver a sus nietos y a su hija, la familia que Dios le mandó.

En cambio Doña Eva narra que en la familia sus opiniones poco a poco fueron pasadas por alto y su espacio se limitó a un sillón frente a la televisión, lo que le provocó un sentimiento de desilusión al darse cuenta que se había convertido en "un mueble".

Dice que aun cuando salió de su hogar en donde durante muchos años convivió con sus plantas, sus cosas, sus muebles, pensó que en la casa de retiro iba a estar mejor; "ahora aquí me la paso contenta, platico, juego, canto, me escuchan, me atienden y eso es lo que creo que me merezco en los últimos días de mi vida".

No obstante, comenta que cuando le llegan los recuerdos se entristece, pues se siente olvidada porque sus hijos y sus nietos ya no se acuerdan de ella, la última vez que convivió con ellos fue en Navidad.

En esa casa de paredes amarillas, donde se respira paz y tranquilidad, donde es seguro que las personas sean "apapachadas", queridas y escuchadas, todos los ancianos que conviven a diario se sienten importantes.

Al respecto, la doctora Carmen Gaimetea señala que el ingreso de un anciano a una casa de reposo sólo se justifica cuando la persona ya no puede valerse por sí misma y requiere de ayuda especializada, de otra manera el abandono en un asilo o en la propia casa, es considerado como maltrato psicológico.