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  • Domingo 05 de Agosto de 2012, 11:05 pm.
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La sonrisa del perro

Fábulas perrunas

CAROLINA ROCHA MENOCAL

En casa de los abuelos paternos siempre reinó el silencio. Era una casona antigua, oscura, con piano de media cola, cuadros de Nishizawa y retratos de Rivera, pocas risas y ni un solo perro. La falta de un perro que alegrase nuestras visitas forzadas cada semana la suplía el "domingo". Un billetote de 100 pesos, de los morados, que equivalían a una fortuna y a un gran soborno para sortear la desolación que abrazó siempre a la mamagrande y a esa casa.

Papagrande nos recibía sentado en su estudio de televisión, recargado, como todo en esa casa: un par de sillones de terciopelo verde botella, lámparas de cristal de Bacarat, un librero con molduras rococó y un sin fin de figurillas, cursis, de cristal de Murano. Él parecía una especie de papá Noël: nos sentaba en su regazo al tiempo que nos entregaba el "domingazo".

-"Lo ahorran", repetía casi maquinalmente, y tocaba nuestros flequillos con la yema de los dedos, sin besar jamás, pues esos desplantes de cariño connotaban cierta vulgaridad.

Su Adelita siempre quería huir una vez entregado el recurso. Nunca entendí por qué esa casa era tan triste. Hoy, con el tiempo y con la distancia a cuestas, pienso que porque nunca tuvieron un perro, y uno, querido fabuler@, debe sospechar de quienes optan por las vidas en solitario, sin un can que les mueva lo cola o que les suelte un ladrido.

Sabe solo la psicología y los expertos si los animales curan los dolores del alma, pero, como mínimo, me atrevo a aseverar, provocan expresiones de amor. Y la que escribe sospecha que la mamagrande adolecía, precisamente, de un lenguaje rosa.

Dice mi padre que antes, cuando joven, era una mujer alegre. Feliz. Con chispa. Irónica. De hecho, que mi carácter y lo rubia lo heredé de ella. Yo la conocí después de una parálisis facial y luego de que ella declarase que padecía de agorafobia. Le temía por encima de todo en el mundo. Jamás la vi sonreír.

Era gran jugadora del póker. Limpiaba a los socios del papagrande y su agudeza y fineza mental opacaban de lejos sus atributos físicos, que asumo, tampoco fueron la gran cosa. De hecho, yo jamás la pude "blufear". De chamaca tuve la ocurrencia de desplegar delante de ella uno de mis berrinches dignos de doña Silvia Pinal y casi pierdo la vida en el intento. Yo reclamaba una papa con catsup, mi hermana me refutaba y en un acto de entrega alimenticia escalé el barandal de la escalera y declaré que moriría por la papa.

La mamagrande me pescó del lomo. Y una vez agarrada y cuasi ahorcada de la garganta, optó por suspenderme de cabeza viendo al vacío. No me puso en tierra firme. Dijo con voz suave y aterrorizadoramente tierna: "¿De verdad quieres morir por la papa?"

Lloré durante las subsiguientes 10 veces que la topé. Pero aprendí. No amenaces, te vayan a obligar a cumplir.

En la casa de Sierra Fría, lo frío era la regla.

Recuerdo que abominaba el trayecto hacia la habitación de la mamagrande. Había que subir por una escalinata de caoba casi negra y luego cruzar un descanso sombrío y oscuro. Los muros incluso eran de madera café tostada. En ese hogar el día era noche y, más allá de las chambritas multicolores que tejía para sus nietas mamagrande, nunca pensé que en esos lares se aquilatara a los niños. Todo lo contrario. Para el abuelo la forma era fondo.

Siéntense derechas, masquen con la boca cerrada y, peor aún, hablaba de pronto en inglés de inglés londinense: toneladas de saliva volaban al rugir de sus palabras.

El matrimonio de los abuelos paternos fue uno de conveniencia. La mamagrande, supe años después, era una mujer de abolengo, lo que antes se decía "niña bien", mientras que el abuelo era simplemente un hombre de dinero. Se complementaban.

Aun así, papagrande por poco estira la pata y se arrepiente del casorio al día siguiente de la luna de miel. Dios sabe cómo habrá sido la noche de bodas, pero lo cierto es que él solicito a la recién esposada dama unas fresas con crema del room service del New York Plaza Hotel. Ella no pidió nada. Cuál sería la sorpresa del recién casado al enterarse de que la niña bien no masticaba ni dos palabras de inglés. El asunto casi los lleva al divorcio.

Pero vuelvo al sombrío casonón de las Lomas. Uno de niño siempre sentía que el aire pesaba y que te atragantaba. Nunca disfruté esa casa. Mi papá tampoco. Rivalizaba con su padre, pero la relación era de agua: aguántese y agüe bien la boca para pasar saliva.

Alguna vez en nuestra casa de Montes Himalaya, papagrande tuvo a bien regañarme por abrazar a Flavia, la perrita de nuestra infancia. Desobediente, espeté:

-¡Calla viejo panzón y sangrón!

Casi se ahoga de la impresión. Exigió a mi padre un golpe de disciplina. Atento y solícito, mi papá me cogió del brazo y me llevó a otra habitación.

Me abrazó. "M’hija, gracias, le dijiste lo que yo jamás me atreví". Desde aquella ocasión las visitas a Sierra Fría se hicieron menos frías. Muchas veces me pregunté qué hubiese sido de mamagrande si durante los días de encierro le hubiera llevado un perro, incluso, para que se quejara.

Los perros sacan lo mejor de uno. Confieso que sé de amargad@s y frustrad@s a pesar de sus perros. En mi otrora departamento de la Condesa la vecina de arriba irradiaba rabia y colillas de tabaco por todos lados. Su canito, al igual que ella, lucía encorvado y demacrado. Siempre pensé que absorbía las malas vibras que la rodeaban. Existe un adagio de perros que indica que ellos se comen lo malo que nosotros expulsamos. Si un can muere sin causa evidente, falleció a causa de nuestra vibra y es una señal de que hay que rectificar. Cierto o falso, la vecina nunca sonreía. Lo hizo una vez y fue una sonrisa dirigida a su perro.

Por eso, en las tardes de melancolía, sueño que mamagrande tuvo un perro y que yo, por primera vez, la vi sonreír.