Ráfaga de Libertad

In Opinión

Isabela VILLANUEVA

Soltera, pero no sola

Era medianoche, solo se escuchaba el cantar de los grillos, el croar de las ranas; el olor a tierra mojada impregnaba su pequeño estudio, cuántos recuerdos le traían esos sonidos, ese olor en específico.

Tomó su copa de vino, se sentó junto a la ventana, desde ahí podía ver las luces lejanas de las casas, parecían luciérnagas que tintineaban; ¡Dios, cuántos recuerdos!

Liliana había dedicado sus mejores años a su trabajo como abogada, pero no se arrepentía, había decidido no tener hijos ni casarse, tantos casos de divorcio, las peleas de los cónyuges por los hijos, habían hecho que tomara esa decisión, eso sí, soltera, pero jamás sola.

A lo largo de los años había tenidos varios hombres en su vida; se había enamorado y varias veces con distinto apasionamiento, pero había sentido eso llamado amor.

Quizá el clima de esa noche la hacía sentir nostálgica, esa combinación de sonidos y olores hacía que recordara su época de adolescente. Una noche, así como hoy, pero con la diferencia que la Luna estaba de testigo cuando se entregó a Carlos, perdió su virginidad, más bien los dos perdieron su virginidad, ninguno de los dos sintió placer alguno, pero la entrega fue por amor.

En preparatoria había tenido varios novios, pero solo con Felipe había tenido sexo en muchas ocasiones ¡mmmm! Felipe, un chico alto, delgado lo que más llamaba la atención de él eran sus piernas de futbolista, tenía un cuerpo hermoso, el sexo delicioso, mas nunca tuvo un orgasmo como lo contaban sus amigas.

En las vacaciones de verano Liliana pasaría los dos meses en casa de su abuela, pronto se iría a la universidad y sería difícil para ella visitar a cada rato a la abuela.

Su abuela vivía en una finca cerca del pueblo, todas las mañanas llegaba un hombre a ver el ganado de la abuela, era moreno, cabello negro y lacio, unos hombros anchos, se notaba que era un hombre de campo, estaba bien proporcionado, tendría como unos veintiocho años; desde que ese hombre vio a Liliana, llegaba a casa de la abuela con más frecuencia.

Las miradas coquetas, la atracción, el fuego que sentía entre sus piernas cuando él estaba cerca era evidente, esa tarde que la abuela se fue al pueblo a un rezo de una comadre que había fallecido, Mateo llegó con el pretexto de ver a una vaca que estaba preñada, ahí se enteró que era el veterinario del pueblo.

Después de haber terminado pasó por la casa, Liliana lo recibió, traía puesto  un vestido amplio, el cabello suelto aún mojado, olía a rosas, Mateo se la quedo viendo y sin más se acercó a ella y la beso con tal pasión que no opuso resistencia alguna, se fueron a la primera habitación que encontraron y esa era de la abuela.

La adrenalina, el ambiente y la experiencia de Mateo ayudaron a que Liliana alcanzara una intensa y placentera explosión, fue como entrar en trance, como morir y regresar a la vida; sentía una liberación en su cuerpo que de la tormenta llegaba la calma, pero esa calma despertaba para querer más y más. Mateo calmaba esa tormenta que había dentro de ella, las semanas restantes todos los días tenían sus encuentros íntimos, el lugar era lo de menos.

En la universidad había cada ejemplar; compañeros y maestros estaban de buen ver; en el primer año de la carrera como abogada había tenido intimidad con tres compañeros, solo de uno recordaba el nombre; Ricardo, quien la hizo feliz por un tiempo.

Los años en la universidad transcurrieron muy rápido, durante ese tiempo había tenido sus amoríos pero nada serio, hasta que se hizo “novia” de un catedrático, una relación clandestina, era un hombre mayor y casado, esa experiencia había sido igual a la que tuvo con Mateo; ¿será que eso buscaba en cada relación? A Mateo, ¿será que lo prohibido, la adrenalina la hacían gozar más?

Se graduó con honores, así que saliendo de la facultad ya tenía trabajo en una firma de abogados, su carácter le ayudaba era gentil, amable, sencilla, pero con elegancia; para debatir los casos era enérgica.

Cuando tenía un caso de tutela por menores, odiaba su trabajo, odiaba los tribunales, odiaba a los padres, si ella fuera juez le quitaría los derechos a esos padres de decidir sobre sus hijos, escuchar a los niños llorar porque no quieren quedarse con la mamá y se notaba, sobre todo en ese caso en específico, que la señora no tenía la más mínima idea de lo que era ser mamá, el padre consciente de la decisión del juez, destrozado y llorando entrega a sus hijos  a la madre, quien con una risa burlona los abraza como diciendo “Sufre, esta es mi venganza”

Por qué el juez de lo familiar no le pregunta al menor con quién deseaba estar, a esa edad sorprenden con la madurez que tienen, ven las cosas de una manera diferente a la de un adulto, pueden tomar sus propias decisiones; la vida es tan injusta, desde ese día decidió no tener hijos, no casarse, se dedicaría a su trabajo y a disfrutar de las cosas bellas de la vida.

Su carrera como abogada fue en aumento, se había hecho un nombre, la competencia con el sexo opuesto había sido muy difícil, el machismo era fuerte y luchar contra ello era enfrentarse a una jauría de lobos, pero el secreto era ser persistente y pensar como hombre, ser igual o peor que ellos y eso la ayudó a tener éxito como abogada.

Luchar contra esa jauría de lobos implicaba librarse de los acosos sexuales, no negaba que algunos colegas le llamaban la atención, pero ella sabía, cuándo, cómo, dónde y con quién se iría a la cama.

Sólo en dos ocasiones había tenido una relación duradera, con los que compartió más que una cama, vivieron juntos durante algunos meses, la relación llegaba a su fin cuando ellos empezaban a exigir más de la cuenta, deseaban a una mujer en casa, que cuando ellos llegaran estuviera lista la cena, ropa limpia y planchada; empezaban a cuestionar dónde estaba, a qué hora llegas, por qué trabajas tanto; en ese momento a Liliana se le terminaba el amor y el deseo por ese hombre.

Su libertad era lo más preciado que tenía y estaba dispuesta a luchar por ella, quizá estaba equivocada y muchas personas veían mal su estilo de vida, pero se sentía feliz; ¿Y no es lo que todo mundo busca? La felicidad, pues esa era su felicidad y esperaba que la entendieran y no la criticaran como muchos lo hacían.

A sus cincuenta años podía decir que había disfrutado de la vida, había viajado, había comido y vestido bien, había llorado y mucho, había amado, había tenido la dicha de haber compartido la cama con muchos caballeros, pero no se arrepentía, a cada uno de ellos los había disfrutado a su manera, algunos los recordaba con mucha pasión a otros los recordaba por el fiasco que habían sido, de lo bueno y lo malo siempre se aprende, de lo bueno para repetir y de lo malo para alejarse de ello.

Liliana estaba dispuesta a intentarlo de nuevo, pero en el fondo sabía que no había muchas posibilidades de éxito, pero no le preocupaba, disfrutaría el momento, y sabía que no duraría el romance porque todos los hombres querían dominarla y en sus actitudes lo demostraban y ella no lo soportaba, eso pensaba cuando de pronto escuchó la voz de su nueva pareja con la misma cantaleta de los anteriores.

-Cariño, ya es tarde, porqué no te vienes a la cama, ya has trabajado mucho, además el clima está como para empiernarse – le dice Jorge, su pareja de ese momento.

-Voy cielo, deja apago las luces- respondió Liliana.

“El amor y la pasión, dura lo que dura, dura, disfrutemos entonces de los placeres que te da la vida”, pensó Liliana, dirigiéndose a la recámara.

 

 

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