Ráfaga de Libertad / Acoso

In Opinión

Isabela VILLANUEVA

Todos los días Luis trataba de llegar temprano al trabajo, como jefe de la empresa debía poner el ejemplo a  los trabajadores. Luis se caracterizaba por ser una persona amable con todo el personal, la amabilidad con que trataba a las mujeres de la empresa era exagerada, algunas pensaban que de la amabilidad pasaba al coqueteo.

Era un hombre de estatura media, complexión robusta, usaba anteojos y barba de candado, siempre bien vestido y perfumado, no era guapo pero tenía algo que atraía a las mujeres.

La fama de ser un mujeriego había llegado a todos los departamentos de la empresa, ¿Pero qué tan cierto era todo lo que decían de él en los pasillos?

-Luis, un día de estos te vas a meter en problemas con alguna chica o algún marido celoso –  comentaba su amigo.

-Sergio, bien sabes que no he tenido nada que ver con nadie de la empresa, existe un código y lo respeto: “Nunca tener una relación amorosa con ninguna compañera de trabajo”- respondía Luis con una sonrisa pícara.

-Lo sé, lo sé amigo  pero una cosa es lo que dices y otra cómo te comportas allá afuera; en serio no sé qué te ven, estás feo cabrón –comentaba Sergio, tirándose una carcajada-

Luis se dirigió a su oficina tarareando y saludando  de manera coqueta a cada personal femenino que se encontraba por los pasillos y ellas respondían de igual manera.

Al llegar a su oficina algo le llamó la atención, sobre su escritorio se encontraba una taza de café, no le dio importancia, pues su asistente siempre tenía ese detalle con él, pero se quedó algo confuso porque recordó que le había dado permiso y no llegaría a trabajar; moviendo la cabeza se sentó, tomó su café que estaba exquisito, mejor que el que preparaba su asistente.

A la mañana siguiente llegó a su oficina y encontró el café, pero ahora acompañado de una tarjeta “Que tengas un feliz día… besos”. Y así pasaron los días con pequeños detalles y Luis más confuso, no había descubierto aún quien había dejado esos pequeños detalles en su oficina.

Se encamino a la oficina de Sergio.

-Sergio, amigo  ando sacado de onda – dijo a su amigo mientras se rascaba la cabeza.

-Y ahora que te pasó Luis –respondió Sergio.

Luis empezó a contarle a su amigo de los detalles que encuentra cada mañana en su oficina y que aún no sabe quién es la persona responsable.

Mmmmm quizá sea una de esas que tiran la baba por ti –se rió Sergio.

– Es en serio amigo, ya me está preocupando y no es porque no me gusten esas ridiculeces, sino  temo que pueda llegar más lejos – respondió Luis.

-Pues entonces debes decirle a tu asistente que no deje entrar a nadie a tu oficina, que cuando tenga que ir a otro departamento o hasta cuando vaya al baño ponga llave, para que puedas estar tranquilo y de paso conozcas a la futura esposa del Lic. Luis Espinoza -dice su amigo tirándose la carcajada.

Pasaron las semanas, los detalles dejaron de llegar a su oficina, Luis sintió un alivio, pero ese alivio no duró mucho tiempo, encontraba papelitos en su auto, “Siempre tuya… besos”; las amigas que tenía en la empresa ahora lo saludaban muy fríamente, decidió ponerle fin a esta situación y fue a la oficina de Mónica, una de sus amigas.

Le contó rápidamente lo que estaba pasando y ella con una carcajada le dijo:

-Vaya amigo nunca te había visto preocupado por líos de faldas.

-En serio Mónica, no sé qué está pasando, tampoco he logrado descubrir quién es la responsable de esto, por más que pregunto nadie me dice nada; los detallitos en mi oficina los pasé, pero los recaditos que aparecen en mi carro, pues ahora sí me están preocupando.

-A ver amigo, nos conocemos desde hace mucho tiempo y te conozco muy bien, sé que ese coqueteo con las trabajadoras solo es un juego, pero hay muchas que no lo toman así, ven o sienten cosas que no son reales, se hacen historias en su mente y es el caso de la chica que trabaja en el área de cómputo –le reveló Mónica.

-¡Quéééé! –pegó el grito Luis-, ella qué tiene que ver en esto, la he saludado muy pocas veces –reaccionó Luis

– Pues esa chica anda diciendo que tiene una relación contigo y ha llegado a decirles a algunas trabajadoras que se van a meter en problemas si te hablan o te saludan muy “afectuosamente” – continuó Mónica.

-Pues voy a ir a hablar con ella, cuando le he dicho o insinuado algo, solo la he saludado cortésmente, ¡ahhh! ¡En la madre!, ya sé qué pasó. ¿Recuerdas el día que nos quedamos a trabajar hasta tarde?, cuando salí de la oficina estaba lloviendo y esa chica estaba esperando taxi,  me dio pena dejarla ahí, se quedó a trabajar por nosotros y le ofrecí llevarla a su casa; no dejé que se mojara, fui por el paraguas al carro; en el trayecto platicamos, no recuerdo nada de esa charla, cuando llegué a su casa, como es mi costumbre, bajé a abrirle la puerta, la llevé cubriendo con el paraguas para que no se mojara hasta la puerta de su casa, me despedí con un beso en la mejilla, espere que cerrara y me retire  -Luis le contaba a Mónica.

-Amigo, solo aclara las cosas con ella, pero trátala bien, uno no sabe cómo va a reaccionar una loca como esa –le advirtió Mónica.

Luis, a pesar de ser una persona amable y respetuosa, también tenía un carácter muy fuerte; se dirigió al área de cómputo para aclarar la situación con la chica, no deseaba que ella se hiciera ilusiones o ideas que no eran; él le explico que debía parar con esos mensajitos que dejaba en el carro, que no debía decir que tenían una relación a nadie, porque no era cierto.

Ella lloró desconsoladamente, le pidió que no la dejara y que si lo hacia lo iba a lamentar, que debería darse cuenta que el amor que ella sentía por él era sincero, que le perdonaría todas las aventuras que había tenido pero que no la dejara, con voz fuerte y clara, Luis le dejó claro que nunca hubo ni habrá nada entre ellos.

La chica de cómputo no aceptó un “no” como respuesta y durante algún tiempo siguió dejando los mensajes, se aparecía en los lugares que frecuentaba Luis; se sintió tan incómodo y por ratos sentía miedo de que esa chica pudiera hacer alguna locura; hablo con sus jefes inmediatos y les expuso la situación.

Solo tenía dos opciones, renunciar o aceptar el cambio que le ofrecían, porque a la chica de cómputo no podían despedirla, podría demandar a la empresa, quejarse a derechos humanos  y saldrían perdiendo.

Luis aceptó el cambio a otro estado, hasta ese momento se dio cuenta que jugar y exagerar la amabilidad con algunas mujeres podría ser riesgoso, muchas de ellas confunden las cosas, crean historias en su mente, se hacen daño y también dañan a terceras personas;  ahora comprendía a aquellas mujeres que son acosadas por un hombre y no pueden  hacer nada con esa situación, no pueden cambiar de residencia tan fácilmente y deben soportar el acoso; él había aprendido la lección, le costó mucho, pero se prometió no volver a ser tan “amable” con ninguna compañera de trabajo. Las trataría con respeto.

 

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