Ráfaga de Libertad / Conociéndome

In Opinión

Isabela VILLANUEVA

El camino a la casa de campo de los García se había hecho una eternidad para Sonia, se sentía impaciente y lo peor es que no sabía el porqué. Después de tanto tiempo por fin se había tomado esas vacaciones que había deseado, habían pasado años para que tomara la decisión de salir de casa, siempre posponía sus planes para darle gusto a todos, pero la ausencia de algunas personas cercanas a ella le habían hecho pensar que no hay un mañana, la vida es tan incierta que hoy puedes estar  con los seres que amas y al otro, llorando por la partida de alguien.

A lo lejos pudo visualizar la casa de campo que le habían prestado los García. El camino para llegar era empedrado, se podía observar los árboles a los costados que como dos enamorados separados por la distancia sentían la desesperación de unirse y lo hacían mediante las ramas que se entrelazaban como abrazándose para no separarse nunca, ese paisaje la acompañó en todo el trayecto hacia la cabaña.

La casa era de color blanca, techo de tejas rojas, el jardín estaba lleno de flores de diferentes colores, la cabaña por dentro estaba bien acondicionada, todo era rústico pero de buen gusto, se podía sentir el olor a  madera; Sonia hizo un recorrido por toda la cabaña, el silencio que había en ese lugar era algo raro para ella, hasta sintió escalofríos, no por miedo a que le pasara algo, sino porque no estaba acostumbrada.

Sonia hizo un recorrido por la cabaña para asegurarse que todo estuviera cerrado, eso siempre hacía en su casa cuando todos estaban acostados; esa noche no pudo conciliar el sueño, tanta tranquilidad, tanto silencio la inquietaba, a veces la soledad tiene voz y puede decirte tantas cosas que no quieres escuchar: te reclama, te exige pero también te apapacha y te dice qué hacer. “Si le hiciéramos caso a esa voz interior nos evitaríamos tantos problemas”, –pensaba Sonia-.

A la mañana siguiente decidió salir a explorar los alrededores, se puso un vestido campirano, sandalias, un sombrero de ala ancha y tomó su cámara fotográfica eso nunca podía faltar, llegó a un pequeño riachuelo, se sentó en una roca a la orilla, remojó sus pies, a pesar del fresco que hacía, la caminata la había hecho entrar en calor.

El paisaje era sorprendente, el trinar de los pájaros, el ruido del agua, el sonido del viento entre los árboles, todo eso era una bella melodía, sacó su equipo y empezó a fotografiar, de pronto al enfocar nuevamente para hacer una toma al paisaje,  vio a un hombre a lo lejos, eso le causó miedo y se retiró inmediatamente.

En el trayecto de regreso a casa se encontró con el mismo hombre que había visto por la cámara, quien la saludó con un “Hola” y siguió su camino; vaya qué mal educado, pensó Sonia, ni un “Buenos días”.

Sonia por fin  llegó a la cabaña, pero en la mente ahora tenía ¿Quién es ese hombre? ¿Vivirá cerca? ¿Será algún delincuente? Ya había visto su rostro por el lente de la cámara y no era muy agraciado físicamente, pero tenía cuerpo de futbolista; esa preocupación no le iba a afectar disfrutar de todo lo bello que había visto en ese lugar.

A pesar de estar lejos de su hogar, extrañaba las risas, los gritos de sus hijos, hasta el mal humor de su esposo. Llevaban veinte años de casados, había sido el  primer hombre en su vida, quien la había desvirgado; cuando se reunía con sus amigas ellas siempre hablaban de sexo, de las posiciones, de los orgasmos, describían ese momento cuando llegaban al clímax, Sonia siempre estaba atenta pero guardaba silencio porque ella nunca había sentido algo así; cuando se despedía en su mente, estaban las interrogantes; ¿Seré frígida? ¿Estaré enferma? ¿Debería tomar algún medicamento para aumentar el deseo sexual?

Nunca ha sentido algo parecido con su esposo, siempre la misma posición en la cama y lo más fuerte que habían tenido era sexo oral, mas no había sido placentero como las amigas relataban; pensando en su carencia de orgasmos se quedó dormida.

El sudor en su cuerpo y la manera en que temblaba la despertó dando un pequeño salto en la cama, a pesar del fresco que estaba haciendo, Sonia sentía mucho calor, se sentía agitada, pensó que estaba enferma, al reaccionar se sintió húmeda en su parte intima: “Carajos, me bajó el periodo”, pensó Sonia, mientras se despabilaba llega a su  mente que había soñado con el hombre que había visto por la cámara.

Recordó que en sus sueños, la había tomado por la cintura, la ceñía a  su cuerpo, se apoderaba de su boca, introducía la lengua, era un beso apasionado, mientras una de sus manos bajaba y acariciaba su pubis, en ese momento se dio cuenta que no tenía su periodo, que la humedad que sentía era el resultado de ese sueño, pero ¿por qué soñó con  ese hombre que le parecía antipático y arrogante?

Se dio un baño para que pudiera relajarse, aprovecharía todo el día para visitar el pequeño pueblo; la caminata la dejó agotada y con mucha sed, se dirigió a tomar algo refrescante, pidió una cerveza; mientras tomaba en pequeños sorbos admiraba las casas coloniales, los techos de tejas rojas, flores en la mayoría de los balcones, no deseaba irse de ese lugar, se respiraba tranquilidad; un buenas tardes la sacó de concentración.

Era el mismo hombre con quien había soñado, se puso nerviosa, sus manos temblaban, sentía que se sonrojaba, solo pudo inclinar la cabeza en forma de saludo, pidió la cuenta y se marchó; sintió miedo, ese hombre la venia siguiendo, Sonia caminaba más aprisa, hasta que escuchó que gritaba “¡Señora!, ¡Señora!…”, Sonia había dejado las llaves sobre la mesa y él amablemente se las alcanzó, y ella pensando   que deseaba hacerle algo malo.

Ahora sabía que el hombre aquel se llamaba Rubén, vivía cerca de la cabaña, era divorciado, platicaron de muchas cosas en el camino de regreso a la cabaña, esa opinión que tenía de él al principio, se disipó de su mente, era un hombre agradable, inteligente, bromista, tenían muchas cosas en común, quedaron en cenar esa noche en casa de Rubén.

La cena pasó tan rápido, hacía mucho tiempo que no se sentía así, poder ser ella misma, poder expresarse sin ser criticada, poder hablar por su pasión, que era la fotografía, la atracción que sentía por él era muy fuerte, era algo que no podía explicar, su mente trataba de no pensar pero su cuerpo la traicionaba, su pulso se aceleraba cuando él se acercaba demasiado, sentía como sus bubis se ponían duras, deseaba besarlo, tocarlo, pero sabía que eso estaba mal; decidió despedirse y dar las gracias por tan amena velada.

Al despedirse de Rubén, él la tomó por la cintura, la pegó a su cuerpo, buscó desesperadamente su boca, la tomó por las manos y las llevó hacia arriba entrelazadas. Lo que pasó esa noche para Sonia fue increíble, por primera vez en muchos años había sentido lo que era tener un orgasmo y no fue solo uno, fueron muchos, uno tras otro.

Sonia se desconoció esa noche,  había disfrutado del cuerpo de otro, un hombre que quizá no era muy guapo, pero tenía una personalidad que lo hacía especial, unas piernas duras, un cuerpo bien formado y velludo, una cicatriz en la ingle que recorrió con besos y caricias.

Cómo pudo privarse por tantos años de esos placeres del sexo, no entendía por qué algunos hombres no se preocupaban por satisfacer a su pareja, por qué son egoístas, por qué sólo introducen el miembro eyaculan, se voltean y se duermen, sin saber si la otra persona quedó satisfecha.

Ahora entendía a las amigas, quizá en la próxima reunión que tengan, cuando las escuche hablar de sus experiencias sexuales, Sonia no comente lo sucedido con Rubén, pero una sonrisa en los labios y un brillo especial en la mirada la delatarán.

 

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