Xe Xek / 2 de octubre del 68

In Opinión

Adela DE LA CABADA

(Articulista invitada)

A propósito del 2 de octubre no se olvida, mi prima Adela De la Cabada recordaba una anécdota que vivió con el tío Juan De la Cabada, en ese preciso año.

Tenía 7 años cuando los hechos de octubre de 1968. De la mano firme de don Juan de la Cabada, apretando inusualmente con fuerza (esa fuerza que da la rabia, la rabia que a su vez nace de la impotencia, impotencia que se produce al saber con certeza e intuitivamente que afrontas batalla perdida) la mía, hicimos el recorrido de la marcha del silencio que encabezaba el ingeniero Javier Barros Sierra, rector de la Universidad Nacional Autónoma de México por la avenida de la Reforma, punto de partida: el Museo Nacional de Antropología e Historia; bajo la bandera “Únete pueblo”.

Los que presenciaron esa marcha saben del profundo silencio que la embargó, silencio absoluto, silencio de muerte, solo los gritos de los pies rascando el cemento se escuchaba, eco de las pisadas uniformes de todos esos seres armados únicamente con la pasión de la juventud, fuerza de convicciones y el intenso deseo porque la solución a las demandas se diera en condiciones de paz y entendimiento.

En esa jornada aprendí que cuando las argumentaciones son justas y verdaderas, por estar cercanas a la realidad, la gente, por muy irritada que se encuentre, recapacita, así lo sentí cuando ese silencio se interrumpía por los aplausos de las personas que atiborraban los camellones, tal vez de padres, madres, tíos, hermanos, abuelos, o tan sólo ese pueblo que se vio unido tal vez por única y última vez en los últimos 45 años en contra del autoritarismo, aplauso que arrancaban esos muchachos estudiantes del IPN, de la UNAM de Chapingo, de escuelas particulares, y que imagino en ese momento los enorgullecían —a pesar de las noticias— , todavía se me hace un nudo en la garganta al recordar a todos aquellos que desde los camellones levantaban sus brazos y con su mano derecha alzar la V de la victoria.

Arturo Martínez Nateras, en cierta forma atractivo, encantador, inteligente y culto, visitaba nuestra casa en las calles de Puebla entre Valladolid y Salamanca, era novio de María de la Luz, quien vivía con nosotros, llegaba por ella casi todas las tardes, mientras la esperaba, la Adelita de seis años lo entretenía (Marilú me decía platica con Arturo mientras termino de arreglarme), así fue como nos hicimos novios (de mentiritas), con el transcurso de los meses cuando Arturo tocaba el timbre, Esthercita acudía a abrir la puerta, desde el barandal del segundo piso me asomaba y en cuanto lo veía corría a decirle a Marilú “ya llegó nuestro novio”, ella se reía, convivía con ellos unos minutos y los dejaba solos, él me regalaba libros, el más significativo o que más me impactó El niño vietnamita.

María de la Luz, rubia, hermosa, delgadita, femenina, introvertida, delicada, daba la impresión de fragilidad —nada más alejado de la realidad—, de una voz dulce, de naturaleza cariñosa, creo que para Arturo el hecho de que esa mujer fuera su novia era algo así como un sueño hecho realidad, sus ojos brillaban de felicidad tan sólo al verla.

Arturo, Rolando Waller, Enrique del Val, Pablo Gómez, Luis González de Alba, David Huerta, Humberto Mussachio, Marcelino Perelló (quien 15 años más tarde sería mi maestro), David Martín del Campo, se volvieron asiduos en casa a raíz de los primeros encuentros entre granaderos y estudiantes, todos ellos dirigentes y miembros del CNH, se encerraban en la sala con alguno que otro intelectual, yo orbitaba alrededor de ellos seria y pensativa contraria a mi habitual bullanguería, en mis adentros intuía cosas graves, peligrosas, me sentaba en el suelo, siempre he tenido ese hábito, recargada en la puerta de la biblioteca que colindaba con la sala, fingía leer, o pegada al muro que daba del patio a la sala, como la puerta que comunicaba de ese lado era de cristal, me quedaba a un costado, para escuchar y no me vieran.

Arturo bajo esas circunstancias todo su saludo consistía en poner su mano en mi cabeza y alborotarme el cabello. El 13 de septiembre de 1968, después de la marcha del silencio, mi tío Juan agarró con rumbo a la casa de mi mamá, caminando, más silencio (Todo lo hacíamos caminando, hay personas que me preguntan ¿a ti no te gusta caminar?, tan sólo sonrío, esta ciudad la he recorrido en múltiples ocasiones a lo ancho y a lo largo caminando), llegamos y las palabras del tío fueron “Ana, te traigo a la niña, en la casa corre peligro”, me besó, me abrazó y se fue sin explicaciones, de alguna manera sabía que yo lo comprendía todo.

Días después alguien llevo una maleta con algunas de mis pertenencias.

2 de octubre, ese terrible y nublado dos de octubre, igual sentada en el suelo, escuchando a los que llegaban a la casa y comentaban lo que estaba ocurriendo, a veces soy increíblemente buena para escuchar y no pregunto, sumamente preocupada, la alusión a la muerte no la digiero bien, y en aquel tiempo la comprendía menos, pensaba en Arturo, ¿qué sería de él y de los demás muchachos que conocía? Días después me escapaba a la tintorería en la esquina de la casa, el dueño: un español, de semblante duro y maneras oscas, pero al mirarlo a los ojos uno sabía que era gente buena, tenía escondidos a estudiantes, cuántos, no sé, pero muchos, con disimulo los vecinos llevaban comida a los muchachos, otra vez sentada en el suelo, observándolos entre la ropa, tratando de reconocer algún rostro familiar, nada, regresaba abatida. No comentaba, no preguntaba, eso de sufrir a solas. Comenzaron las Olimpiadas. El 10 de noviembre de 1968 saliendo de un Mitin de conmemoración al 51 aniversario de la fundación de la URSS, Arturo Martínez Nateras, fue detenido y trasladado, al castillo negro de Lecumberri.

 

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