De árboles que fueron gente: el sabio

In Opinión

J. Efrussi

Los del fondo se han encerrado en lo profundo de sus meditaciones políticas y le han autorizado a Efrussi ocupar este espacio con un poco de literatura para hacer menos densa la espera del domingo electoral. Así que, querida, querido lector, confío en su generosidad los siguientes apuntes de una historia en construcción. ¡Que nadie se quede sin votar!

“Fue por esos días de abatimiento cuando apareció el sabio. Abriéndose camino a manotazos entre la turba de grillos voraces que se levantaban a su paso, salió del monte enralecido, avanzó lento por la calle principal y se detuvo bajo la sombra de la deshojada ceiba que marca el centro del pueblo. Todos salimos a verlo cuando el ladrido de los perros delató su presencia y caímos en cuenta que nadie prestó atención a los insistentes cantos del pájaro carpintero que, después de años, había vuelto a anunciarnos el arribo de un extraño.

Haciendo de tripas corazón nos acercamos. Estaba sentado en el suelo y creímos que dormía con los ojos abiertos porque tenía la mirada fija en algún lugar muy distante y no parpadeaba. Los grillos se le subían por todos lados y él ni siquiera pestañeaba. A pesar del tizne y el polvo que cubría sus ropas raídas, de la suciedad que se adivinaba en todo su cuerpo, tenía un gesto de placidez que nos hizo olvidar las angustias del mundo y nos colmó de una felicidad nueva.

Al volver de su recóndita meditación nos miró sin sorpresa, como si nos conociera de siempre. Se puso de pie y, sin preámbulos, nos invitó: “Hermanos, demos gracias a nuestra Madre por el alimento que nos obsequia”.

Agarró un chapulín que se había enredado entre su barba y, en lugar de pisotearlo, lo olió casi con placer y lo desapareció entre el bigote espeso que nos impidió conocer su boca. De la docena de grillos que se comió esa tarde, sólo escupió las patas traseras y todos, por alegre solidaridad, en un juego inexplicable, terminamos almorzando insectos, animados por la facilidad con que ese hombre saboreaba el crujir de alas y cabezas.

Aliviada el hambre habló con su voz gruesa, recóndita, de sabio: “La Madre es natura, hermanos, y en su providencia está el equilibrio entre sus hijos. Alégrense con el milagro de la vida, de esta vida que es apenas un paso en el camino de la eternidad. Vengan, tomémonos de las manos y hagamos un círculo alrededor de este árbol que nos acerca al cielo, para dar gracias por el milagro de la vida”.

Y ahí nos quedamos haciendo lo que nos decía el sabio, embelesados por sus palabras vigorosas que sólo revelaban sabiduría.

Después de abrazar entre todos a la ceiba, nos dedicó algunos consejos para aprender a enfrentar la adversidad, algo así como que a la vida hay que encontrarle la vuelta, igual que a una guanábana podrida a la que nomás le aprovechas lo bueno y lo demás sirve para alimentar a los gusanos que son criaturas con el mismo derecho a vivir.

Le ofrecimos quedarse a compartir alguna de las viviendas que habitábamos, pero prefirió acomodarse al otro extremo del pueblo, lejos de nuestros escasos ruidos. No aceptó nada de lo que le ofrecimos, ni el quinqué ni las tortillas ni la hamaca.Estuvo en el pueblo entre cinco y seis meses, enseñándonos a comer gusanos de palo, hueva de hormiga, cogollos de bejuco, corazón de palma y un montón de plantas que ni imaginábamos fueran alimento. También nos adiestró en el cultivo de las abejas y, en el frente de las casas, colgamos trozos de ramas huecas para alojar a nuestros insectos domesticados. Lo que él deseaba, dijo, era limpiarnos la inmundicia de la frivolidad y devolvernos a la armonía que prevaleció antes de ser corrompidos en esta tierra.

Para ser sincero, no comprendíamos mucho de las enseñanzas que él acarreaba de épocas y lugares remotos, atesoradas en su largo andar por el mundo y las ciencias, pero lo escuchábamos absortos.

Entre sesiones de meditación, oraciones a la ceiba, asado de chapulines, rastreo de gusanos y ordeña de colmenas, los días se nos fueron rápidos y felices, como si hubiéramos retornado a la niñez y encontrado un padre que sabía los secretos del bien vivir. Nos la pasábamos entretenidos y con la sonrisa fácil, en el aprendizaje de guisos naturistas, el descubrimiento de virtudes herbolarias y el disfrute de la existencia simple, a secas, como nos exhortaban las enseñanzas del sabio.

Él ocupaba los sopores de las tardes para hablar, siempre con su mirada azul atisbando el infinito, sobre los conflictos del existir y las incalculables posibilidades del espíritu.Entreveraba sus enseñanzas con historias inconcebibles para nuestras mentes aprisionadas en la frontera de la montaña. Nos habló del mar y sus monstruos más grandes que nuestras pirámides, de navegantes eternos que empeñaron el alma para vencer tormentas, de ciudades de arena donde el sol no se ocultaba y sus habitantes eran ciegos, de hombres que renegaban de la vida agobiados por la inmortalidad. El mundo es tan grande, nos reveló, que no alcanzaban los sueños para abarcarlo.

Un día, ya pasado el azoro que nos embargó al descubrir que caminaba sobre el agua, nos sorprendió al preguntar sobre los gigantes. Nosotros le habíamos contado de nuestro permanente andar en los montes, de las desgracias y alegrías que guardábamos en la memoria, y nada más nos escuchaba como si estuviéramos repitiendo cosas que él ya sabía y aguardara a enterarse de algo realmente valioso.

¿Qué saben de los gigantes que viven por estos rumbos?

Nos tomó desprevenidos porque hacía años que no habíamos vuelto a hablar, ni a recordar, a aquellos desventurados moradores del monte. Intentamos juntar los retazos que encontramos en la memoria, pero eran incompletos y contradictorios, así que nos encargó que cada quien recogiera sus recuerdos y, de tarde en tarde, se los fuimos contando, uno por uno, hasta que aquella vespertina sesión de invocaciones se volvió una práctica cercana al desahogo o a la confesión.

Pasamos semanas en aquellos ejercicios vespertinos de imaginación, más que de memorias. El sabio nos escuchó a todos los que quisimos compartir nuestro testimonio sin dar señas de hastío o cansancio, a pesar de que las sesiones se prolongaban horas, pues aprovechábamos para contarle alguna pena disimulada o algún rencor mal tratado o alguna envidia persistente. Pegado al fogón vigilando que no se quemara su guiso de la tarde, abriendo bejucos para alcanzar una piñuela, haciendo en el patio un almácigo de cilantro o contemplando el ennegrecimiento de las nubes desde el tronco de la ceiba, escuchó los miedos y los sueños con que lidiábamos.

No vi en su rostro ninguna expresión en las tres ocasiones que acudí a compartirle mis añoranzas; sólo me insistió en la veracidad de los hechos, que exprimiera la memoria y le diera detalles de mi encuentro con el salvaje: a qué distancia, el color de la piel, de los vellos y de los ojos, la estatura, las manos, algún rastro de vestimenta, un aura, el humor que nadie puede esconder. Así comprendí que el sabio, con todo y que era capaz de caminar sobre el agua sin mojarse los pies y entre espinas sin lastimarse, no podía leer nuestros pensamientos y sólo adivinaba, intuía, las emociones.

Después de escudriñarnos los sesos hasta alcanzar al más lejano de los olvidos, y de apaciguar algunas zozobras del alma, una tarde limpia de melancolías en que regresábamos de levantar nances, el sabio nos avisó que continuaría su inacabada búsqueda de la verdad. Aprovechó los resplandores del sol rojísimo de ese día para entrar al patio de cada casa a revisar la salud de las siembras, y despedirse. Habló en voz baja con cada familia; acarició el rostro de los niños; intentó contener con su sonrisa nuestra tristeza de huérfanos; cenó unos pedazos de yuca cocida y no quiso que le prepararan alimentos para el viaje: antes del amanecer, acompañado por el ladrar eufórico de los perros, se internó en el monte con su carga intolerable de conocimientos. No adivinamos cuál rumbo agarró, porque los ladridos se bifurcaban y se oían por todos lados, pero no tardamos en volver a saber de él.

Los altísimos círculos que formaba el vuelo de unos zopilotes anunciaron que había una muerte en la montaña y, movidos por la curiosidad, don León Dzul y su hijo, que andaban trampeando tepezcuintes, se acercaron a los árboles que habían ennegrecido las aves carroñeras. Desde lejos divisaron el bulto colgando de una rama no muy alta y delgada que había soportado, sin siquiera doblarse, la levedad de las pocas carnes y de los huesos del sabio.

“Se mató el sabio, se mató el sabio”, gritó don León a la puerta de las casas, y nos fuimos a la carrera, varones y mujeres, niños y adultos, cincuenta y siete cristianos en total, incluyendo a los de brazo, a continuar admirándonos, ahora, con los portentos del muerto.

Con las mangas de la camisa se había anudado el cuello y pendía de un gajo seco hecho una piñata obscena a la que, tímidamente, fuimos observando: tenía la cabeza inclinada hacia la izquierda y los ojos abiertos; el pecho estaba desnudo, sólo cubierto por una pelambre blanca que también le protegía parte de la espalda; las manos y los pies que conocimos pálidos habían ennegrecido y se veía pequeñito, como si la muerte le hubiera quitado tamaño. El rostro era el mismo de siempre, inexpresivo, sin ningún gesto que guardara alguna emoción o sufrimiento.

Agotado el azoro advertimos que, además de zopilotes, se habían congregado cientos de aves, de diversos tamaños y colores, que disputaban o defendían sus espacios en los árboles que rodeaban al ahorcado. Poco a poco el alboroto de los pájaros fue aumentando hasta que, casi al anochecer, ni a gritos podíamos escucharnos.

Las mujeres recolectaron cuanta flor hubo en los alrededores y las amarraron en grandes manojos con los que hicieron un cerco de color alrededor del colgado. Nadie se atrevió a tocarlo y tampoco hablamos sobre la posibilidad de bajar el cadáver. Creímos que era más digno, y menos cruel, se lo comieran los zopilotes, a que susrestos fueran enterrados. Así que prendimos unas fogatas nomás para custodiarlo esa noche, y ahí nos quedamos los varones adultos, recordando sus palabras, acompañando a un muerto que seguía viéndonos con la misma mirada de cuando estaba vivo.

Atraídos quizás por el resplandor de las hogueras, nos acompañaron en el desvelo un gran número de animales que con sus ojos convertidos en brasas animaron con luz y ruido las horas más oscuras. Al salir el sol pusimos a sus pies una cruz grande de ramas y, ya sin tristeza, lo dejamos para que las aves se hicieran cargo.

La zopilotera duró meses porque no se lo comieron y el cuerpo tampoco se pudrió ni lo rondaron moscas, sino que se quedó tal cual lo vimos, muerto pero con el pelo y las uñas creciéndole, cada vez más flaco, y vistiéndose del verdín que cubre el tronco de las plantas.

Llegábamos a verlo de vez en cuando, al principio por simple curiosidad, y sin querer fuimos testigos de su increíble transformación. Al cabo de los meses percibimos que no era cosa de este mundo e íbamos las familias enteras a pasar el día junto a aquel accidente de la naturaleza que convirtió a un hombre muerto en vegetal vivo: primero el cuerpo colgado enverdeció y lo poblaron mariposas, después lo fueron envolviendo los bejucos hasta inmovilizarlo y comenzó a florear, de repente un chupaflor anidó en lo que habían sido sus barbas y, a fuerza de costumbre, se transformó en una vara que fue encarneciendo hasta ser un tronco decente. Ahí sigue, es unpich gigante que, como si nada, siempre está plagado de nidos e iguanas.

Aventuramos que el sabio se mató porque ya no alcanzó a los gigantes que representaban su camino de salvación, una especie de últimos mensajeros hacia otras dimensiones. Se le cerraron los caminos para salir del planeta y, como se dice ahora, “escapó por la puerta falsa”. Coincidimos también en que su único destino fue el cielo…”

Mobile Sliding Menu