De mucho, un poco…

In Opinión

Hernán ARANDA GONZÁLEZ

De Iturbide a Tekax en medio de la selva

Pasaba la media noche, despuntaban las primeras horas de la fría madrugada invernal chenera. Después de darle “cran” al motor con una manivela de hierro en forma de una letra “zeta” estilizada, mi padre, un chaval como atento copiloto y dos socios campesinos, iniciamos la aventura a bordo del viejo “Lobo”.

El camión cargado con cuarenta o cincuenta sacos rellenos de maíz, dejó el pueblo de Iturbide con dirección oriente, y más adelante hacia el noreste. Mi padre al volante y los socios en la plataforma sentados sobre su valiosa carga. Las mochilas de manta y cotí con ropa, hamacas y cobertores, y cuatro o cinco costales llenos de ruedas de cera de abeja en estado natural.

El camino a recorrer sería de entre ochenta o cien kilómetros, por un camino de los que llamaban “carreteros”. Confundido, imaginaba una carretera pavimentada, o por lo menos un camino de terracería. Ni lo uno ni lo otro, se le llamaba así porque estaba hecho para el tránsito de carretas tiradas por caballos y no para un transporte motorizado.

La primera parada tuvo lugar varias horas y kilómetros adelante, justo al borde de un macizo de grandes piedras en el terreno, difícil de remontar con cuatro o cinco toneladas de carga, e imposible de vadear por los enormes árboles de las orillas del camino. Ahí mismo y a un lado de los pedruscos, entre todos descargaron la mitad del camión, para continuar el viaje con media carga y dando bandazos. Así, hasta llegar a una ranchería cercana en donde previo permiso se descargó el camión, para retornar al sitio en el que había quedado la media carga.

El camión “de vacido” se situó de reversa junto a los sacos. Así hablaba mi padre o lo hacía por complacer a sus compañeros-socios, difícil de imaginar. En fin, ahora a subir y acomodar la carga y regresar al rancho que tal vez se llamaba “Yacatel”. Vuelta a subir los bultos encomendados y después, un merecido descanso acompañado de un sencillo refrigerio.

El amplio interior de la vivienda de huano, paredes de lodo seco y piso de tierra, estaba lleno de muebles rústicos, herramientas y una escopeta antigua. Una mesa, dos o tres sillas y un viejo ropero. A un costado, un fogón de leña montado sobre tres piedras soportaba un comal que alguna vez fue el fondo de un tambo metálico. El disco caleado, recibía generoso una tras otra, enormes y gordas tortillas de maíz.

Una olla ennegrecida colgada de un alambre sobre el fogón, y unas tiras de carne de algún animal, salada y seca cociéndose a las brasas debajo del comal. Completaba el bucólico cuadro, un juego de blancas jícaras sostenidas por una servilleta doblada en círculo. En el interior de las medias esferas, un humeante y aromático café, pobre en calidad, pero rico en abundancia y atractivo.

Fue un largo camino en medio de la selva en el que abundaron gigantescos árboles, vestigios mayas, entre ellos dos vasijas de barro, una roja alargada y una blanca, redonda y con relieves, depositadas a la vera, al pie de un enorme cedro. A la derecha, una laguna de gran tamaño, “Laguna Huolpoch”, comentarían tal vez los compañeros de viaje.

Después de muchas horas y con los primeros rayos del sol, el camino se hizo más amplio. Dos árboles a los costados lucían inscripciones con pintura de algún color. Dos cúmulos de piedras cada uno con una cruz de madera. Es la “mojonera” diría mi padre con voz tan queda que pareció que hablaba para sí mismo. Un tímido ¡ajá! como respuesta, y a continuar el sueño.

Pasados muchos años, fijo la mente en los recuerdos, para concluir que a partir del límite territorial, el paisaje comenzó a cambiar; el bosque se hizo menos denso; la vegetación menos verde; abundaron milpas y sembradíos; surgieron algunos apiarios; y empezaron a escucharse cantos de aves de corral y ladridos de perros.

Por la mitad de la mañana, repentinamente el camino se abrió hasta formar una amplia explanada a cuyo fondo se divisaba una carretera pavimentada. Ya llegamos a Tekax, diría mi padre con voz muy fuerte, casi en un grito mezcla de entusiasmo y alivio, tanto por el fin de esa etapa como por la cercanía del momento de tener en las manos el fruto de sus esfuerzos.

El acto final motivo del viaje comenzaría en unas horas en el mercado del pueblo al terminar un espléndido almuerzo en el que hubo de todo y para todos. Por mi parte, la aventura y el porqué de ella continuará en otra historia.

ELLOS SON BLANCOS

En “El cofre de la abuela” de una lejana columna, describimos el carácter de la anciana matrona, singular en la preservación de sus reliquias y de su especial carácter. No tomaba partido en los problemas familiares o sociales. Conciliadora -ella sí-, cuando percibía un conflicto que no podía resolverse por el diálogo, se limitaba a decir: “Ellos son blancos, que como blancos se entiendan”.

La frase no llevaba implícita ningún tipo de actitud o idea racista, despectiva o selectiva; más bien; significaba que si no podía ser parte de la solución, por ningún motivo iba a ser parte del problema.

La frase hoy podría aplicarse a un presidente entre serio y jocoso. No acusa, tampoco defiende como lo hiciera con un colaborador que con la luz de los reflectores en el rostro recibió la protección presidencial como el destello de un faro en medio de la tormenta.

Yo no me meto, es cosa de la Fiscalía y del poder judicial, repite el líder de la Cuarta Transformación ante el alboroto causado por un ex mandatario que por causa del rechazo de sus correligionarios, ha optado por ensuciar el proceso, no por el proceso mismo. Su afán cavernario, hacer daño al partido que tantos beneficios le dio en el pasado.

No es cosa mía, dice don Andrés, el problema es entre priistas. Recordando las palabras de la abuela, parecería que el morenista ha querido decir, o eso se espera: “Ellos son blancos y que como blancos se entiendan”.

… Y ALGO MÁS

Buena cosecha del gobierno estatal

El gobernador Carlos Miguel Aysa González dijo muy claro que su gobierno no será desde el escritorio y la oficina. Su responsabilidad la ejerce cercano a la gente y muy pendiente de sus necesidades y reclamos.

En el caso de los informes municipales, acude donde es requerido y su apretada agenda de trabajo lo permite. Entusiasmado y siempre dispuesto a escuchar, a todos ofrece un mensaje de esperanza y amistad sin importar la filiación política del alcalde informante. A todos lados lleva parte del presupuesto para apoyar a la gente que trabaja y que produce.

Apuesta a la gran derrama económica que habrá de generar la construcción y luego la operación del Tren Maya que, salvo tres municipios, impactará directamente al resto del territorio estatal; sin embargo; la oferta de empleo alcanzará para todos, esa es la idea.

Aysa confía en el destino de Campeche, y confía en el presidente con el que ha desarrollado un acercamiento que promete grandes cosas ¡Que así sea!

FEDERICO GARCÍA LORCA, SU OBRA Y SUS INTÉRPRETES

“Heridas… Las Mujeres de Lorca”, así, con ese nombre, la mujer-teatro, Rosa María Lara concentró en un solo espacio la obra genial de la figura cumbre del “Siglo de Plata” de la literatura de España, Federico García Lorca.

Ha sido un ensamble perfecto, sin uniones visibles, sin empates, en el que bien sincronizadas, magníficamente actuadas y maravillosamente dirigidas, las cinco mujeres de Lorca reviven en María Alma, Rosa Elvira, Hilda, Ana Rosa y Laura. Jonathan y Néstor complementan el cuadro y le agregan dramatismo.

Y hay que concluir que las de Lorca son mujeres sencillamente pueblerinas, profundamente religiosas, hogareñas, fieles amas de casa que no tienen otro afán que contar con un hogar y una familia. Que aman sus costumbres y desean hijos y matrimonios sanos.

Y la vida las hiere, las tunde a palos, las mutila, las desgarra, les niega lo que más anhelan, y la obra no tiene un final feliz como es costumbre. Vida y muerte son eso y así, entre amor y muerte se debaten las cinco mujeres, heridas, destrozadas. Yerma, Mariana Pineda, Bernarda Alba, doña Rosita la solterona, y Madre de “Bodas de sangre”.

Lo que queda de la breve temporada invita a aprovechar hasta la última presentación, porque quedan varias oportunidades para disfrutar la obra y para saber por qué tanta gente está hablando hoy de Lorca, y de Rosa María Lara de Rullán, la sublime actriz, la genial directora.

 

 

 

 

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