Desafiando del tiempo el rigor

In Opinión

Alfonso ESQUIVEL CAMPOS

“Ir en busca del tiempo perdido, es perder el tiempo”.

Paul Valery

Dedico, en este mes pleno de campechanía, estas sentidas líneas a mi barrio natal: Santa Ana.

Desafiando del tiempo el rigor, se encuentra hoy mi barrio, diría el ínclito poeta Augusto Ruz Espadas, avecindado en nuestro barrio durante aquella parte de su vida sobrellevada con estrechez franciscana.

Su parque corazón, alejados los niños por el miedo a la fantasmal amenaza de lo microscópico invisible, permanece callado y oscuro, en espera de nuevos tiempos de luz y alegría.

Su templo, habitado por la modestia y sencilla vida monacal de sus moradores religiosos, está despojado del jolgorio de misas y doctrinas ofrecidas bondadosamente para todos los parroquianos santaneros.

Cuando de evocar el espacio y el tiempo pasado se trata, asumimos el recuerdo que, agolpado, cabalga vertiginosamente inédito, nos convierte en apologistas emotivamente parciales y la subjetividad triunfa avasallante ante el desfile de imágenes, colores, sabores, personas y personajes que acuden, prestos al recuerdo, y nos permiten y obligan, a volver a vivir en una vida que, siempre, en la evocación  del pasado, se nos antoja que fue la mejor vida posible.

Paradójicamente, camino por sus calles desiertas de los amigos de antaño: unos se cambiaron a otros barrios, algunos se fueron a probar suerte a otros lugares del país, los menos, ya no habitan en esta dimensión, se fueron para siempre. Los que aún resistimos, nos saludamos de vez en cuando, cada vez con menos que contarnos, pero mucho que recordar.

Paul Valery decía que ir en busca del tiempo perdido era perder el tiempo. Quizá para un europeo, el apotegma valga su extensión en oro molido. Para un campechano, que se regocija ante el eventual retorno de una vieja costumbre, de una tradición, o simplemente, del disfrute de una añeja amistad reencontrada, la frase de Valery representa un lindo acomodo de palabras, eso sí, bellamente escritas.

El Barrio. Punto de referencia y espacio vital concéntrico, es el pretexto sublime para evocar un pedazo de tiempo, un retazo de recuerdo, un trozo de vida que ya no es.

El Barrio. Es punto porque sintetiza, en una luciérnaga de tiempo, la experiencia de toda una comunidad, refleja la identidad volátil del verbo vivir.

El Barrio.  Es cofradía de afectos primarios. Pasos balbuceantes de la infancia, quizá pobre, pero siempre alegre y vivaracha, juguetona y feliz.

El Barrio. Punto de partida de futuro contenido.

El Barrio de Santa Ana, es cuna de hombres bienintencionados, sin dobleces en su sencillez de habitantes que construyeron su vida, muchos de ellos, ganando el sustento cotidiano en quintas, patios majestuosos, establos, comercios modestos pero fecundos y bajando frutos de los árboles de los solares que antaño eran el diamante más preciado de los santaneros.

Dijo, nuestra ya casi olvidada Choya Quijano, en célebre canción  y con ello dio la calificación mas alta al barrio: Santa Ana con sus frutales…

El Barrio. Es territorio y al terruño se le quiere y se le defiende. ¿Cómo trazar un mapa del Barrio? ¿Dónde empieza y termina el Polvorín? ¿Cuáles son los límites de la Colonia Santa Ana? ¿Cuáles calles pertenecen exactamente el Gran Poder? ¿Qué calles comprenden al Zapote? ¿Dónde quedó el Tamarindo? ¿El Tropezón, es un lugar o fue una tienda? ¿La Redonda, es un sub barrio o un monumento en una glorieta? ¿Desapareció o sigue existiendo el Circuito santana? ¿Cuáles eran o son, los límites de esa bella entelequia llamada El Sureste?

El Barrio es fruto vivencial, es acudir al aljibe de la memoria, es adentrarnos en los solares de la historia del Barrio que antaño, pero no hace mucho, contaba en su infraestructura urbana con La Casa de los Gobernadores, hoy convertida en flamante Museo que alberga, entre otras cosas dignas de asombro y visita, a la obra plástica del pintor campechano más importante del siglo pasado: Joaquín Clausell.

Vaya, hasta en la vida pública estatal, el barrio santanero ha contribuido con una buena dotación de sus hijos más preclaros.

Desafiando del tiempo el rigor, se encuentra hoy el Barrio de Santa Ana, orgulloso en tradiciones, fortalecido por el desarrollo urbano, pletórico de juventud estudiosa que inunda sus escuelas, y en espera de un mejor momento para abrir alegre y dicharachero, las puertas del tiempo a un futuro promisorio y pródigo en bienaventuranza.

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