Desde el rincón

In Opinión

J. Efrussi

“El “ensayo” de AMLO es un bodrio en materia de política económica. Es la oficialización del desastre al que nos está llevando su denominada 4T.”

Jesús Zambrano

Los del fondo esperaban con entusiasmo “el ensayo” del presidente sobre la nueva política económica en los tiempos del coronavirus. Dos o tres habían revisado sus apuntes universitarios, otro se hundió en las profundidades de Wikipedia y los doctores se fueron a dormir temprano para empezar frescos la discusión sobre el trascendente tema. Claro, no faltó el amargado que arguyendo la decepción del anterior escrito presidencial, se negara a participar en el debate. Pero, imagínense si el asunto no era para entusiasmar a cualquiera: el planteamiento de una metodología novedosa para medir la economía y el bienestar de un país, y del mundo, el cuestionamiento a fórmulas econométricas aceptadas por todos los gobiernos y la propuesta de nuevos indicadores para medir el verdadero desarrollo social, la felicidad individual y la prosperidad colectiva. El tema era más que seductor. Los del fondo dejaron cargando sus dispositivos móviles al acostarse para no arriesgarse a quedar fuera de la discusión por falta de batería. Sí, señoras y señores, el presidente de México y formidable enemigo del neoliberalismo, pondría sobre la mesa los fundamentos de un modelo para transformar la realidad y crear nuevas alternativas al crecimiento y al desarrollo económico y social de los pueblos del orbe. La noche transcurrió rápida, empujada por la ansiedad de leer y comentar el “ensayo” anunciado desde el mismo palacio virreinal.

“Se los dije”, escribió con satisfacción Francisco en el Chat, adivinando las causas del silencio colectivo. Y es que, desde el primer párrafo del ensayo, supimos que no encontraríamos nada nuevo, sino la repetición de los monólogos mañaneros y una batería de frases demagógicas, ramplonas, dirigidas a un público que el presidente cree es mayoritario e ignorante: el “pueblo” resignado y conforme con la pobreza, sin aspiraciones materiales, incapaz de cuestionar los “otros datos” que solo existen en la imaginación presidencial. Aguilar Camín publicó el lunes que la sociedad para la que cree tener respuesta el gobierno es “la sociedad de la república de los pobres”. Pobres que cada día serán más, que se multiplicarán por la crisis económica y por la impericia e ignorancia del gobierno, pobres a los que el presidente les predicará en la mañanera para convencerlos de que no solo de pan vive el hombre, que la felicidad no consiste en obtener bienes, riquezas, títulos, famas, lujos, sino en estar bien con nosotros mismos, con nuestra conciencia y con el prójimo. Y predicará eso a diario, porque por su obsesión ideológica habrá cancelado las posibilidades de progreso y de prosperidad a millones, toda una generación que habrá perdido lo poco que avanzó en movilidad social en las últimas décadas neoliberales.

El presidente subestima la capacidad de los mexicanos. En su idílica visión setentera de la realidad, el presidente piensa que sus ideas son innovadoras, que no necesita rigor en sus argumentos porque todos somos unos ignorantes y la ciencia, el conocimiento, son asuntos de conservadores. No hacen falta ingenieros ni arquitectos para construir una casa o una carretera; la cultura es un asunto de “fifís”; el emprendimiento, la cultura empresarial, las ambiciones legítimas de superación económica, son deformaciones de la sociedad neoliberal.

El “ensayo” desnuda una realidad dramática: la mayoría de los votantes llevaron al poder a un líder aldeano, que desconoce las dinámicas de la globalización y cree que sus homilías franciscanas pueden encontrar eco en una sociedad mayoritariamente urbana y con acceso creciente a los bienes y servicios de sistemas de producción globales. ¿Para qué gastar en una lavadora si existen las bateas? ¿Para qué comprar una licuadora si el molcajete y el metate hacen las mismas funciones?

El presidente compara al neoliberalismo con el régimen de Porfirio Díaz, sin advertir que él encarna al verdadero mandatario neoporfirista, al querer imponer una visión unipersonal basada en la acumulación de poder presidencial y en el avasallamiento de los contrapesos democráticos.

El tal “ensayo” resultó un panfleto con resultados contraproducentes para el autor, que solo expuso su ignorancia, las contradicciones e incongruencias de su gobierno, el fanatismo y el rencor social que guían las decisiones presidenciales.

El presidente no conoce la prudencia y arriesga el decoro de su investidura. Su mal llamado “ensayo” no resiste un análisis medianamente serio y sí se presta a la burla y al escarnio. El presidente está solo en palacio y la grandilocuencia de ese edificio parece que lo ha contagiado de la enfermedad del poder: la soberbia y el autoritarismo que, aderezado con el desconocimiento del mundo y mucho complejo en contra del emprendimiento, del talento, del conocimiento, pueden ser su perdición y la debacle de México.

Vienen días y meses difíciles para todos. No nada más por la emergencia sanitaria y la debacle económica que se avecina, sino porque tendremos que evitar la instauración de una república exclusiva de los pobres.

El presidente insiste en elaborar nuevos indicadores y los del fondo siguen listos para discutir acerca del “bienestar subjetivo” y las mediciones de la felicidad como elementos de un modelo de desarrollo humanista; de un modelo serio, no de algo que se use como excusa para distraer a la gente del derrumbe y de la precariedad económica que se avecina.

Por cierto, eso de hacer sus propios indicadores es bastante común en los dictadores: Carlos Marín cita, en su columna de ayer en Milenio, a Hugo Chávez: “Estamos por crear un nuevo método para medir el producto nacional, el producto humano, el producto social…”.

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