Desde el rincón

In Opinión

J. Efrussi

From Saint Francisco of Campeche city.

Los del fondo evocaban la semana pasada los fiestones que eran los informes de gobierno. Alguno afirma que hubo una época en que bailes de gala alegraban las noches del 7 de agosto y el fervor cívico se robustecía al ritmo de algún danzón acompañado de generosos tragos de importación. Los aviones privados poblaban el aeropuerto y la economía de la ciudad tenía un respiro gracias al gasto en regalos, hoteles y comidas que recibían las decenas o centenas de invitados foráneos al que era el más importante evento político del año. A pesar del descanso obligatorio de los burócratas, la ciudad tenía ambiente festivo y una imagen remozada, como si se arreglara para celebrar su cumpleaños. Las cantinas se atiborraban de parroquianos que, a su modo, entre cervezas y botanas, se sumaban a la fiesta colectiva. No ha quedado ni rastro de ese pasado. La pandemia del Covid-19 ha trastocado toda la vida social y se ha llevado entre las patas las expresiones de la vida en comunidad. Seguramente, para el gobernador Carlos Miguel Aysa González este 7 de agosto fue un día de trabajo normal, dominado por la preocupación por la salud y la economía de sus gobernados. Cumplió la formalidad a que lo obliga la ley y, de inmediato, retornó a seguir encabezando la batalla contra la pandemia y sus secuelas catastróficas. Todos sabemos que estamos ante la crisis sanitaria más grave que haya vivido el mundo en los últimos cien años y el gobernador será recordado por su desempeño en esta época de terror. Gracias a su estilo de gobernar, de austeridad y cercanía con la gente, rápidamente había implantado su sello personal al quehacer del gobierno y el estado marchaba con pasos sólidos hacia la recuperación económica. Es imposible saber la profundidad del daño que hará a la salud, al bienestar y a la economía de los campechanos esta enfermedad, pero llevará años recuperar el nivel que teníamos antes de su aparición. Ante la inacción del gobierno federal, adquieren una enorme relevancia los programas lanzados por la administración estatal para apoyar a los sectores productivos y, sobre todo, para fortalecer los servicios de salud y garantizar la atención médica a quienes enfermen por el Covid-19. De esta manera, el gobernador está tratando salvar las capacidades de la economía estatal, sobre todo en el sector primario, donde conviven las principales fortalezas de la entidad y comunidades y grupos sociales con mayores carencias. También, mantiene un programa fuerte de construcción de infraestructura, el cual es una manera de inyectar liquidez al mercado local y de mantener puestos de trabajo que, con sus ingresos, den soporte al comercio y al servicio. Los del fondo saben que el sector turístico será de los más afectados y que la crisis se prolongará más allá de la actual administración, por lo que deberán idearse programas novedosos que respalden la sobrevivencia de prestadores de servicios turísticos y la permanencia de la infraestructura hotelera, restaurantera y de atractivos que tantos años nos ha llevado edificar. Mientras tanto, los del fondo valoran el trabajo encabezado por el gobernador, donde se advierte un uso responsable de nuestros recursos, de los dineros del pueblo. Las cosas no están para festejos, pero sí para reconocer que, en la adversidad, hay un gobierno que no descuidada el cumplimiento de sus funciones. Reforcemos el uso del cubreboca, mantengamos la sana distancia y las medidas de higiene personal, para que contribuyamos a vencer la pandemia. ¡Haz patria y usa cubreboca!

Campeche es de los estados que más han incrementado su movilidad y eso no es buena noticia, sobre todo si quienes tenemos que andar en las calles por alguna necesidad no adoptamos las medidas preventivas para evitar los contagios. Los del fondo entienden que es imposible mantenernos encerrados todo el tiempo, que muchos tienen que salir a ganarse la vida, que otros tienen que hacer actividades impostergables, que poco a poco tenemos que ir reactivando la economía, pero temen la irresponsabilidad de algunos inconscientes que sin ningún respeto por su vida y la de los demás salen sin cubreboca a poner en riesgo la salud de todos. Por eso, convencidos del valor que tiene el cubreboca para prevenir los contagios, hay gobernadores que han lanzado decretos para obligar su uso y sancionar a quienes no lo porten en la vía pública. Ojalá no sea necesario llegar a ello, pero los del fondo apoyarán con todo al gobernador Aysa en las medidas que decida implementar para garantizar la salud pública.

CONTRAFACTUAL

A principios de marzo, el presidente dijo: “En cuanto a México, siento que no vamos a tener problemas mayores. Ése es mi pronóstico. Los conservadores, que quisieran que nos fuera mal, van a decir que está mal mi pronóstico, que vamos a tener crisis económica y financiera. Yo digo: no, está bien nuestra economía”. Cuatro meses después, millones de mexicanos, familiares de los fallecidos por el Covid-19 y quienes han visto cómo desaparece su fuente de trabajo y se deteriora su bienestar familiar, pueden empezar a idear la manera de llamar a cuenta a quien nos gobierna con sus propios datos porque los de la realidad son aterradores. 18 por ciento cayó la economía del país en el segundo trimestre del año, un derrumbe que no había vivido ningún mexicano y que se traducirá, tristemente, en quizás dos millones de empleos perdidos y en más de 10 millones de personas que caerán en pobreza extrema. La crisis que estamos viviendo puede llevarnos a un retroceso de años en el nivel de desarrollo que habíamos alcanzado. Los del fondo no culpan al presidente por la pandemia, por supuesto. Lo que es imperdonable es la inacción, fruto de la ignorancia o del dogmatismo, que se traduce en afectaciones mucho más graves que las que habríamos tenido si se hubieran implementado programas para contener el desplome económico. Todos los gobiernos del orbe, unos más que otros, lanzaron políticas de emergencia para respaldar no sólo a sus sectores productivos, sino a todas las actividades que conforman su andamiaje civilizatorio, como la cultura, las artes, los medios de comunicación, el deporte. Y es que no estamos ante circunstancias derivadas del llamado “ciclo económico”: no se trata de un desfalco financiero mundial, ni de una caída generalizada en las bolsas de valores, ni de un relajamiento en las reglas de operación bancarias, ni de alguna anomalía en el mercado. Se trata de que la economía se detuvo “voluntariamente”, como medida para enfrentar la pandemia y resguardar la salud de la humanidad. Por eso la caída ha sido tan profunda, porque no quebró o no se paralizó una actividad o sector económico, sino que se inmovilizó el mundo. Ante esta crisis no hay culpables, sino el interés superior de preservar la vida. Aquí no hay mafia del FOBAPROA, ni “burbuja inmobiliaria”, ni saqueadores de nada. Se detuvo la economía y, también, todas las actividades que caracterizan el carácter gregario de nuestra especie. Por ello, todos los gobiernos nacionales –excepto el de la 4T- han asumido la responsabilidad fundamental para la cual han sido creados, y que podría resumirse en mantener, al coste que sea, los fundamentos de la vida en comunidad, las bases de la convivencia y del desarrollo humano. No están rescatando empresas ni protegiendo fortunas de los poderosos: están asegurando que la existencia social continúe con la mayor normalidad posible cuando se domine la enfermedad, y sus economías, sus culturas, no empiecen de cero. Así de simple. En el caso de México, nuestra economía ya venía de picada, tampoco por culpas del mercado, sino por las erradas decisiones del presidente y la impericia e incapacidad de los funcionarios de su gobierno. Es incomprensible –pero muy explicable- que, en los gobiernos anteriores, a pesar de la corrupción y el despilfarro, la economía de nuestro país creciera sobre el 2 por ciento y, en éste, rebosante de honestidad, austeridad y prédica moral, el país haya decrecido de manera constante desde su inicio. En los del fondo hay unanimidad: lo que ha sido un paro económico deliberado, motivado por la emergencia sanitaria, puede convertirse en una crisis económica y humanitaria de enormes proporciones. La pérdida de empleos y de ingresos se está traduciendo en el deterioro del bienestar de millones de familias y, pronto, se reflejará en el impago de créditos, la morosidad, las deudas bancarias, los desalojos, embargos, deserción escolar y cancelación de oportunidades para forjar un mejor destino a decenas de millones de jóvenes que, hasta principios de este año, confiaban en que accederían a una calidad de vida superior a la de sus padres. De lo anterior sí tenemos que responsabilizar al actual gobierno y a su presidente: alguien que afirma que la caída de la economía no genera pobreza, solo puede ser llamado ignorante o embustero. En las elecciones del próximo año podremos comenzar a ajustar cuentas. Los del fondo lo que quieren es que a todos nos vaya bien y si el presidente, con las medidas que sean, detiene la catástrofe, se lo reconocerán. Porque aún hay tiempo para rectificar. El presidente, sin aceptar que se equivocó, puede empezar a usar cubreboca y desplegar el más ambicioso de los programas públicos para contener la crisis. La decisión es de él. La responsabilidad es de él. Al presidente lo juzgará la historia y los mexicanos evaluaremos sus resultados como en todo sistema democrático, con el sufragio.

Los del fondo se resisten a hablar mal de la cuatrote. Por eso, mejor citan lo que esta semana se atribuyó a uno de sus renombrados miembros: “La 4T como un conjunto claro y acabado de objetivos no existe. El gobierno está lleno de contradicciones, se expresa concretamente en luchas de poder al interior del gabinete… no debemos idealizar a la 4T, es un gobierno lleno de contradicciones brutal”. Sin comentarios, pero se vale sonreír.

Si no se trataran de yerros que cuestan vidas, felicidad y bienestar de inocentes, las ocurrencias de la 4t solo ameritarían memes, burlas, sarcasmos, el pitorreo del pueblo a la ignorancia y la torpeza institucionalizadas. Ahora, síntesis de demagogia y populismo, el presidente imperial ha ordenado que su gobierno rinda homenaje diario a los fallecidos por el Covid-19. Ocurrencia 50,000 mil muertos después. Ocurrencia del que afirmó que la pandemia le vino como anillo al dedo. Ocurrencia del que dijo que el SARS-CoV-2 era una gripita. Ocurrencia del irresponsable que se resiste a usar cubreboca “porque no se lo recomiendan sus científicos”. Ocurrencia de quien ha mostrado cero empatía con quienes sufren la desgracia de esta enfermedad. ¿Alguien creerá que se trata de un gesto de solidaridad con los dolientes? ¿Cuándo empezaría a rendir homenaje a las empresas que han “muerto” y a los millones de empleos “fenecidos”? ¿No sería mejor que anunciara medidas para detener los contagios, incrementar la aplicación de pruebas para detectar enfermos y apoyos para mantener a flote la economía y el bienestar social? El número de muertos ya es escalofriante; por humanidad, para evitar miles de fallecimientos más, el presidente tendría que cambiar su estrategia sanitaria y reconocer que se equivocaron sus asesores. De no hacerlo, seguirá cometiendo un crimen por el que tendrá que ser juzgado, más temprano que tarde, para que responda por su histórica irresponsabilidad.

Hablando de farsas, los del fondo comienzan a sentirse defraudados. No se atreven a apostar si Lozoya existe o es un holograma. La justicia en la 4T es muy rara, igual o peor que en los tiempos neoliberales.

 

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