Desde el Rincón

In Opinión

J. Efrussi

“Yo tuve un sueño”, es la frase inicial de un discurso memorable, síntesis de ideales que son guía de la actuación humana. Lucha por tus sueños, aconsejan los textos de superación personal; nunca dejes de soñar, animan los motivadores profesionales. El derecho a soñar es tan inalienable como el de luchar por hacerlo realidad. Acaso el inconveniente de los sueños es su parte mística, esa creencia de que las cosas se consiguen a fuerza de desearlas, algo que bien reflejó el inolvidable Chava Flores en su aleccionadora canción “A qué le tiras cuando sueñas mexicano”. Los llamados “hombres y mujeres de poder” no son inmunes al virus de los sueños. Al contrario, hay mucho de delirio en sus obsesiones, el mesianismo que los impulsa a ir más allá de lo convencional se basa en el ideal como destino de vida. Es el sueño por conquistar el poder, por el poder mismo, o el poder como medio para hacer realidad los sueños.

En el discurso por su segundo informe de gobierno, el presidente admitió: “Las acciones gubernamentales realizadas son expresión de lo que hemos soñado”. Soñar no es malo, se ha dicho aquí. Pero, para que den buenos frutos, los sueños tienen que sembrarse en la realidad, confrontarlos con las circunstancias, pasarlos por la criba de la razón y, cuando se es gobierno, plantearlos en “blanco y negro”; es decir, convertirlos en proyectos que confirmen su factibilidad.

Es probable que los sueños del presidente se hayan originado en su mocedad: en las aulas universitarias, en sus iniciales incursiones en la política, en sus primeras experiencias laborales. Como muchos universitarios, en especial los de Ciencias Políticas, el presidente admiró a los Sandinistas, a Salvador Allende, a la Revolución Cubana y a los movimientos revolucionarios de izquierda de esa época, adalides de democracia, libertad e igualdad. México empezaba el auge petrolero y Tabasco un profundo proceso de transformación impulsado por el oro negro: modernización de los centros urbanos, infraestructura de comunicaciones para enlazar el enorme archipiélago tropical, masificación de acciones asistenciales y el surgimiento de la industria del conflicto (desde la confrontación permanente con PEMEX, hasta el no pago de los recibos de CFE). En lo político, eran los tiempos del PRI de la dictadura perfecta, de la intelectualidad orgánica, el país del Ogro Filantrópico y del encuentro intelectual convocado por la revista Vuelta “La Experiencia de la Libertad”. En el crisol ideológico del viejo partido de Estado, el ahora presidente avanzaba por la izquierda, creyente del nacionalismo revolucionario, del paternalismo financiado por el petróleo, y convencido de quela organización política anclada en la “participación social organizada” era la mejor estrategia para continuar materializando los ideales de la Revolución Mexicana. También, creía que la transformación podía hacerse desde su Partido, mecanismo de movilidad política, social y económica que lo abarcaba todo, a gobierno y sociedad. No era ingenuo ni idealista, él mismo es ejemplo de las “virtudes” del Sistema: muy joven Delegado del INI y presidente del PRI en su estado, tenía la edad para comenzar los sueños persistentes que hoy son “acciones gubernamentales”. Cuando se sintió atado por la institucionalidad cambió de partido político, pero no de sueños, y emprendió la larga marcha que lo condujo a palacio.

Ensimismado en la lucha, no percibió que sus sueños cayeron en el anacronismo, que el mundo (y el país) evolucionaron y, aunque sus ideales se mantenían vigentes, las circunstancias para hacerlos realidad ya no eran las mismas. El presidente afirma que su fórmula es “única en el mundo”, lo cual es cierto porque el mundo de hoy no es el que vivió cuando tuvo su epifanía.

No hay peor fanático que el converso, reza el dicho. Desde la disidencia, el líder emergente conoció lo amargo de la otra cara del poder. Se creció a los coletazos del viejo dinosaurio y radicalizó su visión política: el adversario no era el PRI, sino algo mayor, el “régimen” que había colonizado todos los ámbitos de la vida nacional y que, como en el uróboro, había agotado su ciclo, necesitaba morir para renacer. Encontró inspiración en los movimientos sociales de Centroamérica y, cual miliciano, apostó su escaso capital político a confrontar el poder establecido. No pudo ser gobernador de su estado, endureció “su” movimiento, se asumió como voz y rostro contestatario de una cruzada restauradora del paraíso terrenal, ese donde la pobreza es riqueza. A lo largo de años de lucha, acumuló experiencia; tuvo pérdidas que lo curtieron y, seguramente, en la intemperie de la frustración, acumuló rencores, odios, afanes de venganza.

Ocupó la jefatura de gobierno del Distrito Federal, desde donde se aplicó a seguir construyendo lo que ya era ambición, obsesión mesiánica, aborrecimiento al sistema y a sus instituciones. Lo que los ciudadanos veíamos como contiendas electorales, era una batalla más profunda y de largo aliento: el hombre no compitió contra otros partidos, sino contra un régimen, el antiguo régimen del cual se emancipó para ser su verdugo o, quizás, para reinventarlo, purificarlo, llevarlo a una fase superior: la de la cuarta transformación.

La alternancia fue parte del gatopardismo del régimen: cambiar para seguir igual, sus fundamentos no se alteraron sustancialmente. La democracia como exquisitez neoliberal era solo la fachada: un partido convencional no podría romper la red de complicidades políticas y económicas prevalecientes. Había que formar algo más que un nuevo partido: una organización anclada en todos los rincones del país, que diera cabida sin distingos a todos los que tuvieran algo qué cobrarle al Sistema. Como el personaje Antonio Conselheiro de La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, por años llevó su prédica en contra de la corrupción y a favor de la justicia verdadera, hasta los pueblos más alejados. Un solo eje, el predicador iluminado; un solo objetivo, la instauración del nuevo modelo purificador de la vida pública nacional. Al final, encabezó un Movimiento incontenible: el triunfo tenía que ser contundente, abrumador, para evitarle tentaciones golpistas a los enemigos del cambio, y más de 30 millones de ciudadanos le otorgaron la legitimidad que las armas habían dado, 40 años atrás, al Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Todo fue cooptado y corrompido por el régimen neoliberal. Los conservadores, siempre al acecho desde el origen de la historia nacional, suplantaron el nacionalismo revolucionario y se encaramaron en la acendrada tradición liberal del pueblo para, con la falacia del “Liberalismo Social”, implantar no la preponderancia de un partido, sino un nuevo régimen basado en las complicidades corruptas, la impunidad, la privatización del patrimonio nacional, la entrega de la soberanía y la apropiación por unos cuantos de la riqueza del país en demérito del pueblo. Los vicios del régimen neoliberal se hundieron hasta las raíces de la patria (no en balde Peña dijo que la corrupción era algo cultural) y corresponde a la Cuarta Transformación desterrarlos y purificar la vida pública. La meta no era llegar al gobierno. El sueño es transformar a México. Por eso la destrucción es imparable e inevitable. El nuevo régimen sólo será posible sobre las ruinas del antiguo. Esa es la misión del elegido y no habrá pandemia que lo haga cambiar la ruta.

“Con la revolución todo, contra la revolución nada”, es una frase inmortalizada en los grafitis de la Habana. La visión totalitaria de Fidel Castro hace eco en las mañaneras cuando el presidente profiere “se está con la transformación o en contra de ella”. El presidente compitió con las reglas electorales, pero nunca creyó en ellas. La democracia que profesa el presidente transita al margen de las instituciones del antiguo régimen. En su naturaleza política están los genes del dinosaurio, del ogro filantrópico. En el mundo raro del que viene, el presidente era omnipresente. Desde la mañanera, el presidente se transfigura en gran tlatoani. Entre arrebatos de odio y beatitud, aspira a ser la versión 5.0 del caudillo revolucionario, el iluminado nuevo padre de la patria. Él es la Cuarta Transformación. El desdén, la indiferencia con que trata a su movimiento (o Partido), evidencia que quizás cumplió su fin histórico: abrirle las puertas de palacio. Si el partido no está a la altura del líder, éste lo abandonará a su suerte. A él lo apoya el 70 por ciento de los mexicanos, a Morena menos del 20. Sin el presidente, Morena será roca que se vuelve polvo.

El presidente no es un demócrata, al menos en la concepción de la democracia moderna liberal. No cree en los contrapesos ni confía en las instituciones y su estilo de ejercer el poder proviene de la más acendrada tradición autoritaria mexicana. Su visión del mundo se ancló en los años 70 del siglo pasado; es sincera su preocupación por los desposeídos y profesa la doctrina de austeridad y honestidad pública y privada. Piensa que no hay riqueza bien habida, a los empresarios los masca, pero no los traga. Es un estatista. Los fundamentos de su modelo de desarrollo se encuentran en su breve y lejana experiencia laboral. No es un líder cosmopolita, sino más bien un cacique pueblerino, con todo lo que ello implica: intolerante con la crítica, desconocedor del valor de la libertad de expresión. Es un hombre sencillo, de convicciones, pero manipulable por los corifeos de palacio. Está rodeado de una caterva de incompetentes, taimados grillos marxistoides que se aprovechan de sus obsesiones y traumas. Comete errores garrafales que en cualquier gobierno medianamente profesional habrían significado el despido de funcionarios ineptos. Aunque reitera que la venganza no es lo suyo, se ha propuesto destruir a sus adversarios; no por rencor o afán de revancha, sino porque son parte del antiguo régimen. Como es evidente desconoce muchos temas de la administración pública y está apostando al trabajo a ras de suelo, a la creación de estructuras sociales en las cuales anclar su modelo de desarrollo. De esto no se sabe gran cosa, es información que llega directamente a palacio y en la que confía más que en las encuestas. El sueño restaurador de la historia está en marcha, poblado de molinos de viento y fantasías que lo aíslan del México real y, peor aún, del México del futuro. Confía en lo providencial de sus ocurrencias y ni la pandemia lo ha hecho modificar sus prioridades. Parece encabezar el gobierno de un país inexistente. Ninguno de sus cercanos intenta prevenirlo de quelas cosas no saldrán bien solo por su voluntad. Los del fondo no se explican qué lo lleva a mentir de manera tan descarada. Quizás la ignorancia, quizás repite las mentiras que como verdades le susurran sus cercanos, quizás piensa que el pueblo es menor de edad y no cuestionará sus falsedades. Su comportamiento es el de un hombre que vive en un mundo tenebroso, de conspiraciones interminables. Apuesta a exorcizar sus demonios encomendándose al ejército. El rostro que mostró en su segundo informe no fue de quien está construyendo sus sueños y venciendo la adversidad. Vimos a un presidente abatido, tal vez agotado por el delirio. Fue un espectáculo conmovedor, como el de las mañaneras, donde se exhiben la pobreza y debilidades de un hombre que se cree, o creía, llamado a la trascendencia. La palabra otoño merodea. ¿El otoño recorre las islas? ¿El otoño del patriarca?

CONTRAFACTUAL

La semana pasada los del fondo comentaban el despropósito de la no rifa del avión presidencial. El presidente se embarcó en una aventura alucinada que exhíbela enfermedad que padecen los proyectos de la cuatrote. Es una ocurrencia, emprendida sin ningún soporte racional, sólo sostenida por la terquedad del huésped de palacio. En estos días se informó sobre la renuncia del Director de Sorteos de la Secretaría de Gobernación y los del fondo especulan que no sería extraño que la dimisión obedeciera a lo atrabancado e ilegal del proceso para sortear premios en efectivo usando como gancho la imagen de la aeronave que “no tenía ni Obama”. Y esta semana el presidente agregó una barbaridad más: ordenó destinar 500 millones de pesos para comprar un millón de cachitos de la lotería y distribuirlos en los 956 hospitales públicos Covid. Los del fondo sí creen que al presidente le urge ayuda profesional. ¿No les parece que desde hace meses debió destinar esos 500 millones de pesos para apoyar al personal médico que enfrenta la pandemia? “No puede magnificarse esa estupidez”, escribió Macario Schettino en su columna de El Financiero. La prioridad es hacer como que se venden boletos del no sorteo del avión, mientras la cifra de muertos por la pandemia supera los 70,000 decesos y el doctor López Gatell incrementa su soberbia. Entre sueños, locuras y ocurrencias vamos. Como entonaría Silvio Rodríguez: La ciudad se derrumba y yo cantando.

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