Desde el rincón

In Opinión

J. Efrussi

“Cuando el señor Herbert despertó, el pueblo era el mismo de antes. La lluvia había fermentado la basura que dejó la muchedumbre en las calles, y el suelo era otra vez árido y duro como un ladrillo…

Tobías lo encontró escarbando en la arena, con la boca llena de espuma, y se asombró porque los ricos con hambre se parecieran tanto a los pobres.”

Gabriel García Márquez, El mar del tiempo perdido.

De alguna manera, el mundo se detuvo. Los negocios bajaron las cortinas y los parques fueron clausurados con fúnebres cintas amarillas. Se apagaron la música y las luces de los antros, huyó el bullicio de las cantinas, la soledad y el silencio se adueñaron de las calles. (Diversos estudios señalan que entre 80 y 90 por ciento de la economía paró en algunos países). Fue un paro imprevisto, pero voluntario, indispensable para contener la propagación de la pandemia. El confinamiento es la medida urgente que adoptó el mundo ante la amenaza, desconocida y mortal, que significó el virus SARS.CoV-2. Igual que los ancestros trogloditas, los del fondo se fueron a lo profundo de sus cavernas a esperar que el peligro disminuyera. Hace varias semanas que, afirman las autoridades, Campeche es zona de “bajo riesgo”, y los del fondo han comenzado a asomarse a lo que queda de vida, como marmotas, todavía temeroso, y se han encontrado con una realidad calamitosa. Hay ausencias y pérdidas irreparables, de las que solo recuperaremos los recuerdos afables; y mucho del optimismo, de los buenos deseos, de los alegres objetivos que nos animaban al inicio de año se los tragó la cuarentena. Las clases se reanudaron a distancia, mediante los artilugios del internet, pero eso no suple la convivencia, el verdadero aprendizaje de vida que se obtiene en las aulas. Somos animales sociales que requieren del calor de la manada y, por si fuera poco, ese modelo a distancia será un desastre y mandará al sótano de la escala educativa a los niños y jóvenes más pobres.

Los del fondo se reconocen atolondrados, como si despertaran de un sueño profundo y largo, de años. Sienten que han dejado de vivir mucho tiempo y resucitaron en un mundo dominado por la paranoia, la angustia, la incertidumbre. El desempleo campea por los barrios y las colonias, la falta de ingresos en las familias es otra enfermedad que arrebata la tranquilidad a los hogares.La ciudad entera está en venta o renta, se multiplican los acomodadores de autos, los que se atreven a pedir unas monedas, los vendedores de todo a todas horas. Locales que eran albergue de prósperos comercios lucen sus propias máscaras de “venta o renta” cubriéndoles la fachada. Los barrios, las colonias, los centros urbanos se enrumban al infortunio, el inexorable retorno de carencias se cierne ominoso, la pobreza pasa de punto de fuga a malsano destino. La congoja es colectiva. De una costilla la otra, la aflicción nos quebranta. Las calles han vuelto a llenarse de transeúntes, pero no los que conocimos el invierno pasado, sino de otros que se cuecen al calor del otoño de la desesperanza. Los cubrebocas nos borraron las sonrisas y nos tatuaron el temor y la desconfianza. Nos ha tocado nuestro propio y aterrador otoño zombi.

Quizás una noche el mar nos despierte con el olor de rosas y un señor Herbert, el hombre más rico de la Tierra, desembarque con sus baúles rebosantes de billetes y dispuesto a resolver los problemas del género humano. O quizás el señor Herbert ya vino y se fue, y el mar no nos regalará más el olor de rosas. Mientras, no relajemos las medidas para evitar la propagación del virus. La amenaza de un rebrote de contagios estará al acecho hasta que accedamos a una vacuna. Demostrémosle al doctor Gatell que el cubrebocas sí es un arma para detener el avance de la epidemia.

CONTRAFACTUAL

El maestro Mauricio Merino afirma que “nos debemos una deliberación”. Coincide con lo que aquí se ha planteado de manera reiterada: hay una destrucción premeditada del andamiaje institucional edificado en los últimos 30 años, y ante ello, el maestro Merino concluye: “Nos debemos una deliberación a fondo para comprender y nombrar lo que hemos venido atestiguando, ya sea para avalarlo o para combatirlo, pero a conciencia”. Sin embargo, en el mismo artículo en el que convoca la reflexión (www.eluniversal.com.mx/opinion/mauricio-merino/la-revolucion-es-la-evolucion) el prestigiado académico del CIDE nos da su respuesta:“Nos dolemos de todo lo que contradice al Estado plural, democrático y social que alguna vez imaginamos: de aquel futuro que no tuvimos”. En efecto, no se trata de la demolición del pasado, sino de algo muchísimo más grave: nos están arrebatando el futuro de mayores libertades, oportunidades y prosperidad por el que todos, todos los mexicanos nos habíamos esforzado. A estas alturas, los del fondo ¿piensan? que las deliberaciones podrían funcionar sólo como catarsis colectiva ante la desgracia que atestiguamos. El diagnóstico es claro, las cosas marchan hacia el despeñadero, no hay indicador por dondequiera que se le busque que nos señale algún resultado positivo, seguir culpando al pasado es un argumento que sólo creen los fanatizados, la torpeza, la improvisación y la violación recurrente de la ley son el pan nuestro de cada día. Estamos viendo, viviendo, padeciendo el peor gobierno en décadas y, todavía, ¿debemos “deliberar” sobre la pertinencia de sus actos? Como sociedad estamos transitando un periodo inexplicable. Las aberraciones públicas que hemos visto, la tragedia que sufrimos, habrían provocado escándalos gigantescos en los gobiernos anteriores. Parece que nos hemos convertido en una sociedad acrítica, timorata, que quizás se ha dado por derrotada ante el despotismo del régimen. Como si la consigna social fuera ¡sálvese quien pueda! y que el último apague la luz. Ya estamos en la encrucijada. Los del fondo no se resignan a dejar que “el tiempo” se encargue, ni confían en la máxima de que “no hay mal que dure cien años”. No creen que evadirse de la realidad ayude a reconstruir el futuro que a golpes nos están expropiando. Sabemos que, si no actuamos de una manera coherente, organizada, al final del túnel encontraremos las ruinas del país. No queda tiempo para deliberar sobre si avalamos lo hasta ahora visto. ¿Acaso hay algún beneficio a la vista de la desaparición de PROMÉXICO y del CPTM? ¿Acaso la no rifa del avión presidencial amerita algún análisis medianamente serio? ¿La mentira y la violación reiterada de la ley son los nuevos paradigmas de las políticas públicas? Lo que procede es organizarnos para detener al déspota. Que el maestro Merino nos convoque a discutir las acciones para poner alto a los desvaríos del megalómano huésped de Palacio Nacional. Las protestas se multiplican, los agravios se acumulan, la sociedad se está convirtiendo en un puchero en ebullición que puede llegar a explotar si no encuentra válvula que dé escape a la frustración social.

Los del fondo afirman que la dictadura en marcha tiene, todavía, un punto débil: el voto inteligente de los ciudadanos. Ciudadanos informados, que sepan que los programas sociales no son dádivas del nuevo ogro filantrópico, ni maná obsequio de un mesías insensato, ejercerán su sufragio en libertad y mandarán al autócrata a reinar en su feudo palencano. Los proyectos sin sentido, las aberraciones administrativas y las transgresiones reiteradas a la ley están registrados y deben ser exhibidos masivamente para que no se olviden con las ocurrencias mañaneras.

¿Sabían que, de acuerdo a proyecciones del FMI, el PIB por habitante en México en 2024 será equivalente al que teníamos en el año 2013? Será bueno comenzar a explicar cómo se reflejará ese estancamiento en el ingreso, el bienestar, la calidad de vida, la felicidad de millones de mexicanos.

En esta página celebramos la iluminación que tuvo Gil Gamés: quiten todas las estatuas de Cristóbal Colón y en sus pedestales acomoden las de Willie Colón, salsero de cabecera de los del fondo. Entonemos a diario el himno “Idilio” y que se instituya un fideicomiso para honrar a los salseros que nos dieron la patria del sentimiento (los del fondo rebosante de nostalgia).

La noticia de la semana fue la detención en USA del ex secretario de la Defensa Nacional. Este hecho puede alterar la relación entre AMLO y los militares. Ahora los altos mandos saben que su actuación, de transgredir la ley, podrá ser sometida a juicio en los siguientes gobiernos (de México o del extranjero). El autócrata no mandará siempre. Más temprano que tarde él, y sus adláteres, serán llevados a tribunales por las arbitrariedades y los daños provocados a los mexicanos (los del fondo saben que este gobierno no aprobará auditoría alguna a la hora de rendir cuentas). Lo lamentable es que de ser ciertos los cargos, la detención manda el mensaje de que ni siquiera el más alto mando de la institución militar fue inmune al virus de la corrupción. ¿Cuántos corruptos están incrustados en las fuerzas armadas, cual caballos de Troya? ¿En qué se traducirá la paranoia del distinguido huésped de Palacio? Que no olvide el “Culiacanazo”, porque la DEA sabe quién ordenó liberar al hijo del Chapo. Gobernar no tiene ciencia, decían.

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