Desde el rincón / De conversaciones para ahuyentar el olvido (y el coronavirus)

In Opinión

 

Por: J. Efrussi

Los del fondo les compartirán algunas historias, como aportación fraterna, para amenizar la reclusión a que nos obliga la pandemia. No se preocupen si se aburren desde los primeros párrafos, al fin que tendrán tiempo para leer hasta la sección de cultura. El texto refiere, de manera marginal, la peste de viruela negra que golpeó a Campeche a fines del siglo XIX. Échenle ganas. Y dejen sus comentarios en: [email protected]

(“De conversaciones…” es el capítulo de una novela en proceso. Las situaciones que se describen y los personajes son de ficción.)

Conocí al doctor Isaac Salvatierra Castilla al pie de mi hamaca. Él llevaba dos o tres años de vivir en el pueblo, pero no habíamos intercambiado ni los buenos días, hasta esa tarde en que, a instancias de mi mujer, fue a verme. Su apariencia no correspondía con la extensión de sus apellidos ni con sus estudios. Era moreno, de escasas cejas y bigote ralo; vestía como cualquiera de los chicleros, con camisas y pantalones de tela gruesa, botas negras de plástico -aun en la temporada de seca- y sombrero de paja. En una ocasión le pregunté por qué no usaba ropas blancas como los de su profesión y me contestó que los colores eran invento de comerciantes para mejorar su negocio: “La diferenciación más superficial entre las cosas es la de los colores. Privilegiar el color es negar los demás atributos de la naturaleza”, me explicó. Al hablar el doctor Isaac se veía distinto, igual que con su trato delicado, de gente de ciudad. Sin embargo, de no ser porque tenía el aval del comisario, pocos se hubieran atrevido a confiar su salud en ese individuo tan común e, incluso, tan pequeñito.

Hasta antes de mi enfermedad lo había visto de lejos y se me figuraba, a lo mucho, un charlatán en desgracia. No nada más a mí: un día, a la salida de la iglesia, escuché a una señora afirmar convencida, “¡Ese doctor Isaac es un mata cochinos!”. Y es que, ni dudarlo, el servicio más demandado al doctor era de carnicero, labor que desempeñaba como un verdadero especialista del fileteo y el deshueso, y muy pocos se arriesgaban a cambiar sus remedios caseros por las medicinas que él recetaba. Además, sus apellidos eran un lastre que en lugar de enaltecerlo se prestaban para la sospecha y la burla, porque como él mismo llegó a confesarme, “quién puede confiar en un indio doctor que, además, se apellida Salvatierra Castilla”. Me lo dijo sin asomo de vergüenza o de incomodidad, sino con la entereza de quien ha sobrellevado alguna desgracia toda la vida.

Estaba yo a la buena de Dios, aturdido en el letargo de una de esas dolencias del espíritu que te enferman el cuerpo, con varios días tirado en la hamaca sin abrir los ojos, cuando mi mujer lo llevó a auscultarme. El doctor descifró mi padecimiento desde su primera visita y, quizás porque sufría dolencias parecidas, con la terquedad de mula mañosa me sacó de mis desvaríos. Iba diario, siempre al atardecer, recién bañado y oloroso todavía a jabón azul, a preguntar cómo me sentía, a escucharme el corazón, y comenzamos a enredarnos en pláticas interminables, hasta que construimos una rutina en la que se apropió de mis tardes y de mis memorias, aunque lo correcto es decir que compartimos silencios y el reinvento a fuerza de palabras de lo que habíamos sido. A nadie extrañó la asiduidad vespertina del doctor. Sentados en la terracita que da a la calle, decíamos adiós a las familias que aprovechaban la frescura del anochecer para acarrear agua o a los trabajadores que volvían sucios y cansados de desangrar las matas de chicle. “Hasta se parecen”, se burló mi hija una tarde de aguacero torrencial en que eché de menos su visita. Esa noche, en el agobio de la duermevela, lo soñé como el hijo y el hermano que no tuve, como mi padre muerto, y entendí que compartir recuerdos nos había hermanado, igual que si lleváramos la misma sangre, y me propuse dispensarle un afecto leve, el único que ameritan las querencias temporales.

El doctor había sido criado en una de esas casas grandes de los pueblos de la costa, donde su madre se esmeraba por servir con fidelidad a los patrones, una piadosa familia a la que el destino había negado el privilegio de la descendencia. En un gesto de buenos cristianos, la pareja lo había adoptado y, por eso, acarreaba un nombre que siempre, a donde fuera, le descubría su origen bastardo.

Sus padres adoptivos lo enviaron a la escuela, lo vistieron con las ropas que habría usado su primogénito, le dieron trato y cariño de pariente y lo obligaron a estudiar la carrera de medicina para confiarle el cuidado de la salud familiar.

Él se aplicó a sobrevivir a las burlas, a la envidia y a la crueldad de sus compañeros (que le embarraban de lodo la camisa limpia, lo empujaban al charco con sus zapatos nuevos, le gritaban “pelo de zorro” en alusión a su cabello rebelde que en vano intentaba domesticar con plastas de vaselina), y a cumplir los deseos de esas compasivas gentes que se propusieron cambiar para bien su existencia. Nunca tuvo novia porque se sentía como un espantapájaros dentro de las ostentosas ropas y los apellidos largos que lo cobijaban, aunque en la escuela superior, lejos de los traumas de puberto, las tres o cuatro compañeras de grupo -citadinas ignorantes de las tribulaciones de los discriminados- se le acercaban confianzudas, revoloteando con la ingenuidad de animalitos silvestres en espera de su auxilio académico.

Isaac Salvatierra fue el mejor estudiante de su generación, con aptitudes sobresalientes para la cirugía, el diagnóstico de enfermedades y un anatomista excepcional, al cabo méritos superfluos e inútiles, porque no terminaba de disfrutar el entusiasmo del deber cumplido, cuando la viruela negra se asentó como maldición sobre el pueblo de sus padres. En efecto, después de cinco años de desvelos escolares volvió a casa, colgó en la sala el pergamino de letras manuscritas que acreditaba su formación de médico cirujano y se propuso hacer realidad el sueño de montar un consultorio desde el cual ganarse la vida y cumplir el encargo de velar por el bienestar familiar. Portaba con orgullo sus ropas blancas, incluida la bata con sus iniciales bordadas en mayúsculas grises que sus padres adoptivos mandaron a hacer, a su medida, con el mejor sastre de la localidad, como regalo de graduación. Era el premio, llegó a pensar en esos días, a sus tribulaciones infantiles y al generoso apoyo de sus padres, y hasta se atrevió a fantasear con el amor cuando conoció a Araceli, una vecina adolescente de cabellos rojos cuya risa era un torrente de despreocupación que empapaba de alegría las tardes somnolientas en que acompañaba a su madre a la misa de seis.

El flamante y recién graduado doctor Isaac entendió pronto y con claridad el mensaje del infortunio: era de esos individuos sin derecho a la felicidad completa, un error de la providencia, un impostor fallido. La peste cayó en el pueblo de un día para otro, impregnando de miedo y dolor, de llanto y muerte, la brisa salobre que rebotaba en las atrancadas puertas y ventanas de la ciudad. No hubo familia sin llorar fallecidos y el doctor Isaac atestiguó -sólo eso- cómo sus padres (su madre natural y los adoptivos), se fueron pudriendo en el ardor de las llagas, acostados sobre hojas verdes de plátano para intentar refrescar sus heridas. “No los pude curar ni me atreví a librarlos de su sufrimiento”, murmuró el doctor, oculto el temblor de su voz por la oscuridad de una noche nublada.

La última en contagiarse fue su madre natural. Estaban en la cocina, preparando el atole para alimentar a los dos enfermos que se quejaban sin parar en un cuarto aledaño, cuando el doctor Isaac descubrió en las mejillas maternas el sonrojo de la fiebre. Casi con pánico, mientras las garras de la desgracia apretaban su tráquea, palpó la frente de su mamá, sólo para comprobar que sí, que algo hervía dentro de ese cuerpo menudito que lo había traído al mundo. Alzó la manga izquierda de la bata que portaba la mujer y vio que en el lugar donde había aplicado la vacuna de linfa, poco abajo del hombro, se elevó una ampolla casi transparente, como si las carnes enjutas hubieran despreciado esa oferta de salvación. Dispuesto a compartir el destino de sus tres amados, sintiendo en las sienes el palpitar frenético de su corazón, ese mismo rato el doctor Isaac agarró una jeringa, extrajo de la ampolla de su mamá el líquido blancuzco y se inyectó, con mano temblorosa, la certeza de su propia agonía. Después, entraron a alimentar a los moribundos. Afuera el sol hacía brillar las calles solitarias, pero el cuarto estaba apretado por una oscuridad titubeante que se movía sobre las paredes huyendo de la flama de un quinqué asentado en el buró que separaba las dos camas. El doctor Isaac sintió el olor picante a sulfa y a carne podrida y tuvo que respirar profundo para evitar un estornudo. Antes de esa ocasión, su mamá y él habían usado improvisados cubrebocas cada vez que entraban a la recámara, pero ahora compartían la certeza de que ellos también comenzaban a morir y se abandonaron al abrazo de la fatalidad. Mientras él les alzaba la cabeza, su mamá les metía en la boca cucharadas de atole tibio, cuatro, cinco, igual que si fueran cotorros tiernos.

“Me voy a acostar un rato”, le dijo ella al salir del cuarto, después de limpiar los cuerpos purulentos y salpicarlos con el polvo amarillo sólo por no dejar, y él se dirigió a cerrar las ventanas y a atrancar la puerta; sacó medio cuerpo para ver por última vez lo que había sido el entorno de su vida, no había nadie ni ruidos, a su derecha la calle bajaba hasta la orilla del río cuya corriente arrastraba troncos y moradas flores acuáticas, a la izquierda sólo se extendían las fachadas iguales, altas y pintadas de cal, con puertas y ventanas cerradas, y procedió con resignación firme, sin asomo de miedo, a enclaustrarse y aguardar lo inevitable. Su madre no volvió a levantarse del lecho y él se dedicó a esperar la muerte, de los otros y la suya, idéntica muerte, una sola para todos.

Para sobrellevar las horas de vigilia en espera de sentir en carne propia los síntomas de la enfermedad, el doctor Isaac se ocupó en cavar cuatro agujeros profundos en el patio de la casa. Primero enterró a su madre adoptiva, horas más tarde a su papá y, unos días después, a su mamá biológica. Ese era el fin de los Salvatierra Castilla, una familia tocada por la calamidad justo cuando la vida les parecía alborada de un futuro mejor. Mientras, el doctor Isaac siguió en espera de malestares que no aparecieron porque, años después, recordaba no haber sufrido ni gripe en esas semanas de horror. Quedó vacía la tumba que cavó para dejarse caer cuando la muerte lo urgiera, y no volvió a salir de la vivienda durante dos o tres o más años, y se quedó a vivir de la caridad de los vecinos, entre las telarañas, murciélagos, ratas y toda clase de bichos y sabandijas que poblaron la casa grande de sus finados padres. El patio se tupió de bejucos y cadillos, la humedad fue descascarando las paredes, hasta que un día, como si fuera voluntad del mismo demonio, lo acuchilló el frío que provoca el más antiguo de los miedos: el miedo a morir.

“Sí, el temor a la muerte es como la muerte misma, a todos nos llega”, me dijo el doctor Isaac con la certeza de su experiencia: después de haberse soñado podrido y alimento de moscas, por primera vez se sintió hecho una desgracia, olió el hedor que despedía su cuerpo y sufrió nauseas, pánico, asco de sí mismo. Era de madrugada y trastabillando, en la media claridad del cielo estrellado, llegó hasta el pozo. Se vació encima el primer balde de agua helada y sintió que se le clavaron como mil espinas diminutas; se deshizo de las ropas percudidas y siguió enjuagándose, disfrutando el frío que le escurría hasta los pies y el temblor que lo estremecía cada que la brisa con su olor a lodo llegaba a lamerle el cuerpo desde el mar. La claridad del amanecer comenzaba a borrar el brillo de las estrellas más lejanas cuando entró a la casa a cubrirse con su bata de doctor, polvosa, impregnada del tufo a desamparo, pero libre de sus pestilencias. Ese día el doctor entendió aquello de que “los designios de Dios son inescrutables” y del miedo pasó a la impotencia, al coraje, al regodeo en el dolor que le dejó la epidemia, la cual lo devolvió, en cuestión de semanas, a la orfandad más absoluta, la de quien nace a la intemperie y es abandonado al hambre de carroñeros. “¿Acaso hay alguien preparado para la desgracia?”, me llegó a preguntar el doctor Isaac, como si le urgiera justificar ese periodo infame de su existencia.

La normalidad poco a poco se instaló afuera de su encierro y las calles recuperaron vida: escuchaba el trote de las bestias y el rechinar de las carretas, el griterío de los niños corriendo por las tardes, el murmullo de las voces y el taconeo de los hombres que caminaban a prisa en las mañanas, el repicar de la campana convocando a misa. Olía con frecuencia el aroma a rosas con que la bella Araceli endulzaba la brisa de la tarde, pero imaginarla limpia y sonriendo agudizaba sus miedos y su vergüenza, y siguió como ermitaño, entreabriendo la puerta cuando escuchaba los golpecitos con que alguien, nunca supo quién, le anunciaba que había dejado el plato de lentejas, de pescado frito, de frijol con puerco, de puchero, y él nomás asomaba para jalar el traste y, un rato después, para sacarlo vacío, limpio como muestra de su gratitud.

Así sobrevivió esos años el doctor Isaac, a fuerza de miedo a la muerte, que es la mejor manera de mantenerla a raya, y en la rutina de dedicar hasta tres horas del día, siempre al atardecer, a la minuciosa tarea de limpiarse, como si fuera un rito para enfrentar la noche. Junto al pozo, hasta agotarse la luz del día, Isaac Salvatierra Castilla repasaba cada centímetro de su cuerpo desnudo con la parsimonia de un mono, en la búsqueda de algún grano, una ampolla, que le incentivara el terror a pudrirse en vida. A veces, algunos niños espiaban por encima de la barda que rodeaba el patio y, si lo veían, le tiraban piedras y naranjas podridas, hasta que él se les iba encima profiriendo aullidos y devolviéndoles las pedradas. Era el loco de la ciudad, eso que ni qué.

La cordura le retornó con hambre un anochecer de vendaval, de esos malos tiempos que castigan por temporada las costas del Golfo. La vieja casona de mampostería y techo de tejas rojas ennegrecidas por la intemperie, rechinaba con los embates del ventarrón, alborotando a unas palomas que habían encontrado refugio entre las vigas cuadradas de la cocina. Como era habitual, el doctor estaba junto al pozo en su frenesí de limpieza vespertina. Los latigazos de lluvia azotaban su cuerpo desnudo y abrió los brazos, de frente al viento, para sentir el ardor de las gotas en su rostro. En ese momento un retorcijón le mordió el estómago y recordó que no probaba alimento desde el día anterior. El temporal había impedido a sus desconocidos benefactores proveerlo y, junto con el hambre, un escalofrío le hormigueó sobre la piel. Ahí, en el estrépito del vendaval que zamarreaba los árboles del patio, entendió que a la muerte no se le espera, sino que hay que salirle al paso; se sintió ridículo, como si acabara de descubrir su desnudez, y lloró quedito, como sucede con los huérfanos definitivos que no tienen ni perros que les ladren. Entró a la casa y el llanto lo acompañó en sollozos contenidos que parecían espasmos, hasta que lo dominó el sueño. Despertó con el sol alto, la tormenta había desaparecido y los toques habituales en la puerta de madera le anunciaron que los alimentos lo esperaban.

Pasaron varios días antes de que, vuelto a la lucidez, el doctor Isaac acopiara el valor suficiente para salir a la calle y dejarse ver por sus vecinos. “No le puedo describir cómo me veía, pero seguro más que gente parecía yo espanto”, me dijo. Salió una media tarde, cuando según sus cálculos había menos transeúntes. Desde la banqueta, su mirada alcanzó hasta la orilla del río que desemboca al mar, vio pelícanos y gaviotas, disfrutó el olor salado de la brisa y, decidido, enfiló hacia la corriente oscura y chispeante. No había nadie en la calle. El doctor caminaba lento, observando las fachadas iguales de las casas, con sus puertas de madera y sus colores claros, absorto en su reencuentro con la vida. Al llegar a la orilla del río, se sentó en una piedra grande y no sintió el paso del tiempo. Desde ahí observó cómo se poblaba de garzas, y se manchaba de blanco, el verde oscuro del manglar, mientras el sol se hundía en el horizonte marino y pintaba de rojos y naranjas el cielo azul que, al fondo de su vista, era parte del océano. En el regreso a su vivienda no reparó en los semblantes de sorpresa que provocó su facha en los pescadores y parroquianos. Sin embargo, aunque no se dio cuenta, la repulsión fue mutua entre él y quienes lo vieron. Ya en la oscuridad sucia de la vieja casona, la soledad y el sentimiento de orfandad acumulado desde su infancia se le vinieron encima, pero no lloró ni se encerró a lamer sus heridas. Al contrario, supo que ése no era lugar para él, que toda su existencia había sido una impostura, que nada de ahí le pertenecía, y esa misma noche partió sin saber a dónde, llevando apenas unas mudas de ropa y el dinero que no había gastado desde el día en que se encerró a esperar la muerte.

Fue en la montaña donde el doctor Isaac Salvatierra Castilla se reencontró con su profesión. El camino que agarró fue una brecha de arrieros, rutas de esos trashumantes que surtían mercancías a los campamentos madereros y a los caseríos que se habían formado en lo profundo de la selva y, sin saberlo, se adentró en el monte, a paso rápido, casi al trote, hasta que el cansancio lo hizo sentarse a la vera del camino. Ahí lo alcanzó una carreta tirada por dos caballos, cargada de abarrotes y telas, en la que iban dos hombres. El sentimiento de inferioridad del doctor era tan grande que creía pasar inadvertido para todos y pensó que el saludo no era para él. “Hola, amigo, buenos, días”, escuchó, pero siguió con la mirada clavada en el suelo, como si de esa manera pudiera esconderse. La carreta se detuvo y le repitieron los buenos días con más fuerza y él siguió con su actitud de loco, hasta que sintió la cercanía de una persona y, reflejo involuntario, se tiró a un lado para evitar la amenaza del contacto físico. “Tranquilo, amigo, nomás queremos saber si podemos ayudarte en algo”, le aclaró el señor que se había quedado sobre la carreta con las riendas de las bestias en las manos. Contestó tembloroso, con una voz que le sonó desconocida pero que mantenía la pulcritud de su educación añeja: “Discúlpeme, señor, no sé lo que me pasa”. Ese mismo rato le compartieron de sus alimentos, le prestaron una tijera para que se recortara los mechones de su cabellera sin forma, y se fue con ellos, como un ayudante más de don Elías, un comerciante cuya presencia provocaba júbilo en las gentes de la montaña, siempre necesitadas de sus abarrotes.

Los modales finos del doctor, sus ropas ajadas de ciudad y su corrección al hablar, llamaron la atención de don Elías, pues no encajaban con su apariencia salvaje, pero se reservó prudente cualquier pregunta en espera de una ocasión apropiada. Esta llegó poco tiempo después, la tarde en que cazaron un ciervo para reponer su inventario de carne. Habían colgado al animal de sus patas delanteras y, ya sin piel, el ayudante del ventero estaba por empezar a descuartizarlo cuando el doctor Isaac intervino: “Así no, vamos a acomodarlo en un lado de la carreta”; y, como si estuviera en espera de esa oportunidad, extrajo del morral la arrugada bata blanca con sus iniciales bordadas, se la enfundó con orgullosa parsimonia y en seguida,  con una maestría insospechada para los dos testigos, despedazó sin esfuerzo el cuerpo grasoso, sin lastimar músculos ni errar en coyunturas, hasta que del venado sólo quedó un montón de piezas listas para el fileteo. Después, dedicó un buen rato a observar con esmero -casi con ternura- las menudencias, el corazón, el hígado, los riñones y los pulmones. “No sufrió”, y mostró una munición que había extraído de entre las vísceras. “¿Y a qué te dedicabas?”, le preguntó más tarde don Elías, sin siquiera voltear a verlo, mientras cubrían con sal gruesa los trozos de carne. “A nada, pero terminé la carrera de doctor, y estas iniciales son las de mi nombre. De otras cosas, no sé”. Fue así que, además de ayudar a cargar costales de azúcar, latas de manteca o bolsas de galletas de animalitos, a instancias de don Elías comenzó a revisar mujeres embarazadas, niños con calentura y heridos de machete que nunca faltaban en esos caminos de Dios, y a recomendar vitaminas, antibióticos y desparasitantes que eran artículos ofertados por el tendero nómada.

En los caseríos levantados en medio del monte, de chozas más parecidas a las guaridas de los animales que a casas de verdad, hechas de varas y pencas de palma, el doctor Isaac se reencontró consigo y su profesión, y lo mismo recetaba Neomelubrina que se trenzaba en encarnizados descuartizamientos de cerdos, pavos y venados, ganándose el aprecio y la admiración de aquellos cristianos montunos. Con las manos sucias, entre pláticas a gritos y sorbiendo el caldo, gustoso se sentaba a comer los sancochos de frijol con puerco, aceptado sin reservas por las comunidades de desterrados que lo abrazaban como a uno de los suyos. Ni los mosquitos, que lo obligaban a dormir entre el sahumerio de comejenes, o los chaquistes, que le enronchaban las nalgas cuando hacía sus necesidades a la intemperie, ni la escasez de agua apenas disponible para los alimentos, ni el calor sofocante de la canícula, ni el frío que en las madrugadas humedecía los huesos, nada lo hizo regresar a su pueblo. “Aquí somos gusanos de la misma guayaba”, le justificó a don Elías su renuencia a acompañarlo en los retornos a la ciudad.

Con el paso de los meses, gracias el cobijo que recibió de los grupos de remontados, mujeres y hombres que como él habían renunciado a sus otras vidas, el doctor Isaac consiguió atemperar su aversión al contacto con sus semejantes.

El mar y sus ruidos, el lodoso olor salobre que acarrea el viento del anochecer, el golpear incansable de las olas contra las rocas, el río escurriendo sin parar sus aguas turbias, la inmensidad en la que el sol naufraga cada tarde, eran imágenes que acompañaban al doctor Isaac como su equipaje más valioso y que me compartió tantas veces que llegué a percibir, algunas madrugadas, el aroma marino, remoto, de la melancolía.

La noche en que se despidió, el polvo del Camino de Santiago dividía el cielo. Era tarde y los vecinos habían apagado sus quinqués y sus candiles. Se veían claritas las calles blancas y brillaba la humedad en las hojas de las buganvilias. “Nos vemos –me dijo-, cuide su salud y no piense demasiado. Cualquier rato la vida nos vuelve a tropezar”.

Nos dijimos adiós con las manos alzadas, aunque, la verdad, hubiera preferido darle un abrazo fuerte, hasta tronarle los huesos. Nunca saludé de mano al doctor Isaac. Ni al llegar ni al despedirse nos estrechábamos las manos. Y es que, a pesar de todo, no pudo superar la fobia al contacto humano, herencia de los malos días en que vio corromperse los cuerpos de sus padres. 

Marzo de 2020.

*Libro por entrega, se publicara domingos cada 15 días

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