El Señor de los Vientos / Los sellos clandestinos de México

In Opinión

Por: Dr. Juan Acké Man

“Las historias de fantasmas, más que la de los muertos, son las que asustan”. Fritz Glockner, escritor mexicano

En la década de los ochenta, tuve la oportunidad de vivir en la bien denominada “ciudad de la eterna primavera”.  Cuernavaca era en ese tiempo una especie de provincia mexicana, semirrural (si esto fuera posible para una ciudad que se encuentra a una hora de la CDMX), pero con todos los servicios y comodidades de cualquier capital urbana del mundo.

De más está señalar que era una ciudad con una intensa y latente vida económica, política y sociocultural, en las que repercutían las tendencias y vanguardias de los principales debates ideológicos del mundo.

Lo mismo podías encontrarte, cualquier día,  al maestro Iván Illich (el educador y políglota chileno que fundó y donó su biblioteca a la comunidad morelense), que sufrir, junto con el Dr. Enrique Dussell (intelectual argentino difusor y promotor de la Teología de la Liberación  en Latinoamérica), el ataque de los grupos católicos radicales que abundan en la región y que disienten de las tesis eclécticas de Dussell en lo referente a la posibilidad de unir la doctrina de Jesucristo con las propuestas de Marx. 

Ciudad de sorpresas de todo tipo, un buen día, para mayor precisión, una buena madrugada, serían como las dos de la mañana, tuvimos la terrorífica experiencia de contemplar estupefactos un desfile atronador e  inusual: la llegada a la Zona Militar de Cuernavaca de la División de Dragones, cuerpo militar compuesto por vehículos blindados y poderosamente artillados, que gallarda y fríamente desfilaron ante el estupor de los pocos noctámbulos que nos encontrábamos comiendo tacos a los pies de la famosa estatua “del caballito” montado por un imponente Zapata, a esas horas de la madrugada. 

Entre los miles de comentarios de todo tipo surgidos por tal acontecimiento, rescato uno realizado por un columnista local que explicaba tal desfile de poder militar con un lacónico “tienen que sellar la región”, Cuernavaca es la entrada, desde el sur del país, a la CDMX. Y concluía, que tal sello era una estrategia militar elemental ante la posibilidad de irrupción de grupos guerrilleros de Guerrero y Oaxaca, a la Capital del país.

Si usted pretendiera investigar sobre el tema de los movimientos guerrilleros mexicanos se encontraría, en los buscadores habituales, con un par de cuartillas al respecto. Tal vez muchos aspectos de la llamada “guerra sucia”, que se libró en México entre los grupos insurgentes guerrilleros y el Estado mexicano, aún sean considerados como información “clasificada”, de difícil acceso al público en general. 

En un reciente libro denominado Los años heridos, su autor Fritz Glockner (actual director general de EDUCAL de la Secretaría de Cultura federal), nos aclara que la trayectoria de la represión y la intolerancia de los gobiernos hacia sus comunidades en América latina, no es monopolio de los países ubicados en el Cono Sur, sino que también son características nefastas ejercidas por el gobierno mexicano: afirma que es en el  año de 1969, que se da el primer desparecido político vinculado con este tema; y , en 1972, se da el primer registro de un guerrillero castigado por la tortura denominada “vuelo de la muerte”, ser arrojado desde un helicóptero. 

Los Años heridos, obtuvo reconocimiento en reciente concurso literario para obras de no ficción, realizado este año en España y ubica entre los 60 y los 80 del siglo veinte el objetivo de una investigación que el autor realizó durante tres décadas y como parte de una razón de vida ya que su padre fue uno de los guerrilleros muertos por el gobierno mexicano cuando el autor aún era un niño. El libro ya circula en las librerías de México, y supongo que puede usted encontrarlo en la librería EDUCAL de esta ciudad ubicada a un costado del Claustro, ex Casa de la Cultura. 

Algunos investigadores como Gustavo O. Vadillo, María Elena Márquez o Zózimo Camacho, coinciden en que los movimientos insurgentes son más o menos legítimos, en función del número de comunidades y militantes con los que cuentan. Anoto al respecto que la Constitución Política mexicana le confiere al pueblo soberano de México la posibilidad de reformar o cambiar radicalmente al gobierno si éste no respondiese al supremo mandato popular. Lógico resulta esto, puesto que la Constitución queretana que aún nos rige es el resultado de la primer Revolución social del siglo XX.

La historia de la guerrilla mexicana se remonta hasta finales de los años treinta cuando es asesinado el líder Rubén Jaramillo, al cual, por cierto, se le honra en Morelos en el nombre de una de las Colonias populares más aguerridas de Cuernavaca. En el imaginario morelense es común escuchar las leyendas de Jaramillo y Zapata como insurgentes que trascendieron su tiempo y aún se les “ve” cabalgar por las calles y serranías morelenses. 

Es en la década de los sesentas que se expresan con mayor claridad y viveza estos movimientos de inconformidad social en nuestro país con las guerrillas del maestro normalista de Ayotzinapa Lucio Cabañas y la de Genaro Vázquez, en Guerrero.

  La fusión de los movimientos Unión del pueblo y el Partido de los pobres daría como resultado el EPR (Ejército Popular revolucionario), para los especialistas el tronco fundador de las guerrillas actuales en nuestro país. 

La Liga 23 de septiembre es vinculada al intento de secuestro de unos de los hombres más poderosos de la familia Garza en Nuevo León, lamentablemente en el enfrentamiento armado a que da lugar este intento, el empresario de Monterrey fallece y el grupo insurgente es perseguido hasta su exterminio. 

El 1 de enero de 1994, meses antes de que asesinen al candidato del PRI, Colosio, nace, se da a conocer, en las cañadas chiapanecas al sureste del país, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) cuya historia seguramente ya es más fácil de dar seguimiento porque es historia contemporánea.  Su territorio libre, sus Municipios con sus Juntas de buen gobierno, sus hospitales y escuelas autónomos, ya han sido reseñados en periódicos y revistas hasta en el viejo mundo.  El impacto mediático del primer histórico Subcomandante Marcos (nombre leyenda), le garantizó al EZLN una capacidad de interlocución con el gobierno mexicano, que incluso le permitió realizar una multitudinaria y mega vigilada   caminata nacional y que algunos de sus líderes (la legendaria Subcomandante Ramona) ocuparan la tribuna del Congreso de la Unión. 

Este año, hace unas semanas apenas, leí en un periódico local que, en el corazón de Tzendales, en lo más recóndito de la selva chiapaneca (el Soconusco una vez más), surge otro clamor de insatisfacción y protesta armada, ahora en contra del “neoliberal” gobierno de López Obrador (cosas veredes Sancho, dijo el Quijote), el Ejército Indígena Revolucionario (por asociación de ideas, me recordó al Ejército Republicano Irlandés, con otro acomodo de nombres, pero de iguales siglas).

Según los especialistas antes señalados, existen otros grupos armadas insurgentes en México, ninguno pretende una interlocución con el gobierno actual, de hecho, el EZLN, acusó a Obrador de ser un traidor a su causa y de no cumplir con los acuerdos contraídos, cuáles hayan sido estos. 

El ERP, el TDR, el Comando Justiciero, el FARP, con sus viejos cuadros y algunos jóvenes más radicalizados aún, esgrimen ser representantes de luchas revolucionarias socialistas en la búsqueda de la transformación del modo de explotación capitalista, entiéndase neoliberal, y todos afirman que buscan el poder popular a través del apotegma de “mandar obedeciendo”.

Según los estudiosos señalados, el gobierno debería de tener una actitud de respeto y buscar canales comunicantes que le permita un diálogo constructivo con estas fuerzas armadas pero legítimas puesto que detrás de ellas están miles de mexicanos inconformes con su forma de vida, miles de familias enteras y cientos de comunidades que exigen de su gobierno la atención suficiente para obtener una vida digna. 

Lamentablemente, los modelos del gobierno obradorista considera que estas expresiones insurgentes no tienen lugar en un gobierno de izquierda y socializante. Por su parte, los movimientos guerrilleros no reconocen la existencia de un Nuevo Estado mexicano, ni de un nuevo régimen aún, sino, solo observan un cambio de gobierno que se dice antineoliberal en el discurso pero que en los hechos impulsa mecanismos neoliberales a través de megaproyectos capitalistas como la firma del tratado de libre comercio, la construcción del corredor Transístmico, el tren Maya, o el proyecto de Huesca en Morelos, que no son proyectos de las comunidades sino modelos de explotación de la mano de obra obrera e indígena.

Así, el modelo de la 4T choca con los movimientos anti sistémicos de la “verdadera” izquierda mexicana.  

Entre tanto, los demás mexicanos navegamos entre la Pandemia, las ocurrencias mañaneras, la crisis económica cada día más profunda, los pleitos políticos verdaderos e inventados, y un Riesgo País cada vez más profundo que amenaza la convivencia pacífica y solidaria entre los mexicanos.

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