Lo que vio el perro

In Opinión

<p>Para ver, dicen, hay que mirar detrás de lo que ves. Y eso, mi querido fabulero, es labor única y exclusiva de los más perros. El perro observa a ojos cerrados y por ello, todos los secretos de nuestra débil humanidad -¡síii! débil, fallida, defectuosa, engañosa- se esconden detrás de "lo que vio el perro". Ajá.</p><p>Y, aclaro, no lo digo yo. Su Adelita, con estricto apego a la verdad ni estudió en Harvard, sino que lo aventura el grandísimo Malcom Gladwell, don Mal, que para darle más señas es una eminencia del periodismo y escritor verdaderamente leído -5 millones de libros vendidos contra, que será?, unos cientos del Kike, Josepina y Amlove con sus panfletos políticos sumados y reunidos.</p><p>La teoría de la clarividencia perruna se encuentra en una recopilación de ensayos que el autor de La clave del éxito: "the tipping point" escribió para la legendaria y "esnob" revista "The New Yorker". El texto que termina por dar título al libro de reportajes, Lo que vio el perro y otras aventuras es un retrato de César Millán, El encantador de perros, y que su Adelita apodó en alguna fábula anterior Mr. Millagi, por el poder controlador de su "qshuuu. shhhuuu" sobre perros brutales.</p><p>Y fíjese, lector-lectora, que eso mismo es lo que dejó perplejo a Gladwell: "¿Qué pasa por la cabeza de Millán cuándo hace tal cosa?", se pregunta y luego responde: simple y sencillamente la capacidad de ver con ojos de perro.</p><p>Para que nos entendamos, a ver, qué ve usted cuando el IFE obra su "teeee looo dije" o los candidatos dicen respetamos la veda electoral o el Presidente niega estar en campaña? ¿Cree o no cree? Seguro no mucho, pero lo haría si entre los super-asesores de imagen de los candidatos se encontrara un etólogo (experto en psicología animal) o el mismísimo César Millán, pues les enseñaría a armonizar lo que es y lo que se ve.</p><p>Gladwell arranca su ensayo narrando el caso de una pareja de ancianos contra Sugar, su perrita, que de caramelo sólo tenía 10%, pues su resto era maldad pura. Lynda Forman, la dueña, tenía marcas de violencia intraperrular en los brazos y, no sólo eso, indicaba muy a la Pedro Infante, me pega pero la quiero.</p><p>Le suena? ¡Tilin! ¡tilón!: 70 años de PRI, pero que vuelvan; seis años de muertos apilados pero lo vale; o ya viene "El cambio verdadero", pero con el club de los ancestros. Ante semejante locura, la de Lynda no vaya usted a creer, Millán plantea dos preguntas: "¿Se orina Sugar en la casa?" (¿se mofan nuestros políticos en nuestra cara?); "¿tenía -Sugar- una relación particularmente destructiva con los periódicos?".</p><p>Esta última pregunta querido [email protected], no sé si usted coincidirá pero me hace reteharto sentido: periódicos, destrucción, guerra de tinta.</p><p>El asunto es que el caso "Forman-Sugar" sirve de ejemplo en la crónica de Gladwell para exhibir nuestra incapacidad de discernir entre lo que vemos y lo que creemos. Lynda quería creer que su perrita se arrepentía porque luego del mordisco la lamía y Millán mostraba que la perra relamía por naturaleza canina y jamás por arrepentida: "Si sintiera arrepentimiento no lo volvería a hacer".</p><p>Una vez entendido eso, Gladwell se centra en la capacidad de Millán de no caer en la trampa de la mirada humana. Describe que Millagui recibe "un caos canino y deja tras de sí la paz". ¿Cómo?</p><p>Pues por su presencia. Una presencia que somete. Como con un buen entrenador de futbol o el director de orquesta que es querido pero a la vez obedecido.</p><p>El dominio del perro, argumenta Gladwell es un superpoder, pues implica conseguir que se doblegue el mejor lector del comportamiento humano. O sea convencerlos a ellos es tan insólito como ligarse a Salma Hayek con tan solo un buen choro, pues los perros huelen, miden, ven y actúan.</p><p>Si te inclinas hacia enfrente (agresión), si ladeas el cráneo (convicción), si ordenas conteniendo el aliento (miedo o inseguridad) los canes rastrean la intención. No sólo eso; los canes, antes de examinarse entre sí, por ejemplo en un parque, analizan al dueño del otro perro. Buscan armonía cuerpo y habla. Cuando hay pleito es que la tensión humana lo desencadenó.</p><p>Gladwell insinúa que un buen candidato -¡escuchen cuatro fantásticos!- seguro y creíble, es buen bailador, su cuerpo se mueve al mismo ritmo de lo que habla. Clinton y Reagan fluían, casi danzaban en sus debate, mientras que los balanceos y la rigidez de Bush denotaba a un adolescente.</p><p>Ajá. Los perros hubieran entendido todo con el "mute" en la televisión. Y si votaran -lo escribo y lo firmo- sin duda, otro son más sabrosón nos movería.</p><p>Su Adelita cierra la fábula con el último párrafo de Lo que vio el perro:</p><p>Todo mundo hablaba demasiado. Como la gente que dice te quiero con un tono que significa otra cosa. Que pide calma de palabra pero hace gestos amenazantes. César se volvió e hizo ¡sh-sh-sh! Todo mundo obedeció</p><p>Dicho de otro modo: para andarnos despiertos en estos tiempo de vedas electorales, abramos los ojos y pongámonos bien perros. ¡Silencio! Y de todas formas, se les ve y se les oye.</p><p>(EL UNIVERSAL)</p>

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