Octava de Carnaval

In Opinión

Alfonso ESQUIVEL CAMPOS

La pobreza: flagelo histórico

Es una verdad histórica incuestionable, al menos desde hace 500 años, que la pobreza es un flagelo (más mortal que cualquier virus chino), que azota a nuestro país y a casi todas las regiones del orbe.

Sin tantos rebuscamientos estadísticos, que los tenemos a la mano también, vivir en pobreza es sobrevivir como ser humano con el mínimo de ingreso y con escaza dignidad humana. Esa falsa idea de que se puede ser pobre con dignidad solo sucede en las películas mexicanas. En la realidad, el pobre, el que no tiene ingreso suficiente para obtener lo material para mantenerse biológicamente apto (el ser), está más cerca de arrastrar su alma por el fango a la que la miseria lo arrastra (el modo de ser), para no perecer por inanición o por alguna otra enfermedad subyacente (palabreja heredada por el vocabulario de la OMS, usted perdone).

No tener un empleo decoroso y obtener de nuestra actividad laboral un ingreso por debajo del mínimo aceptable para mantener, de acuerdo a los específicos parámetros constitucionales a nuestra familia, sin una casa decente con el menaje de casa adecuado, no tener acceso a los sistemas educativos, de salud, cultura, entre otros indicadores materiales (significo estos bienes materiales, en donde un par de zapatos no son suficientes nunca, por dios), significa vivir en pobreza.

Dice la CONEVAL, institución oficial que mide y evalúa la pobreza en nuestro país, que en México para 2018 tuvimos los siguientes indicadores generales de pobreza: 49.9 % de la población en situación de pobreza, 7.4% en situación de pobreza extrema, 6.9% de la población en situación vulnerable por ingreso, y 29.3% vulnerable por carencias sociales.

Es decir, un 85.5% de la población mexicana vive, sufre, se lamenta, se duele, se mortifica, se desespera, se angustia, se (¿resigna?), todos los días de su vida a sobrevivir en algún nivel lacerante de pobreza.

Me pregunto qué categoría moral o ética o espiritual podría medir tal cantidad de pobreza sin mencionar una cifra, que cuando menos te aproxima a la realidad del problema, y sustituya a la palabra “pobreza” por otra más dulce, menos agresiva, más asequible a la voluntad de quien no quiere ver su realidad acaso porque, o no la comprende, o bien, no sabe qué hacer con ella, y, menos, traducirla a políticas públicas.

La pobreza, cierto es, lamentablemente en ningún país del mundo ha sido erradicada, como decía líneas atrás, es un flagelo que lastima y mata de hambre y de enfermedades previsibles a millones de seres humanos cada día que pasa. Estos ojos chinos han visto cinturones de miseria lo mismo en New York, que en Chicago, que en Barcelona o París.

En América Latina, ya nos parece hasta normal contemplar la miseria de nuestros pueblos. Esa anormalidad que nos acompaña , cuando menos decía, desde hace 500 años, es la frontera más real y cotidiana que nos señala que , por angas o mangas, explicaciones van y vienen, ningún modelo político, económico o  sociocultural, ha podido erradicar de sus raíces y para siempre la miseria lacerante de las grandes mayorías de Hispanoamérica.

En gran medida el sueño bolivariano (el de Don Simón Bolívar, no el de los ambiciosos reyezuelos que pretenden apropiárselo para su particular interpretación y beneficio), tiene que ver, no solo con la independencia y soberanía nacionales de todas las patrias americanas de habla hispana, sino también, con el de  abatir los niveles de miseria en los que ha vivido esta región del mundo desde la época de la conquista. Así que, la pobreza está en la Agenda, ha estado desde siempre que tuvimos conciencia de ser pueblos autónomos y libres.

Para 2019 los datos estadísticos serán mucho más duros, si consideramos el cierre masivo de empresas chicas, medianas y grandes; el desempleo de cientos de miles de mexicanos y con ello la pérdida de su capacidad de consumo; la salida del país de la Inversión extranjera directa y la no llegada de capitales frescos; el agotamiento de los fondos presupuestales públicos en programas desmesurados que antes de poner la primera piedra ya tenían números rojos, y otros muchos ídem.

Para abril de este año 2020, tan solo en este mes, ya se acumularon más de 350 mil desempleados más, La culpa, claro, la tiene el coronavirus, aunque no olvidemos la ya famosa frase: nos cayó como anillo al dedo. Por supuesto, para el logro de los despropósitos gubernamentales que nadie, ni los del gabinete federal comprenden, de ahí las renuncias de importantes servidores públicos que han y siguen renunciando ante lo incomprensible e ignoto.

Que yo recuerde, desde Echeverría hasta el actual, todos los presidentes de México han prometido luchar con todas las estrategias e instrumentos de toda índole  para superar la pobreza en el país.  En todos los planes sexenales de México desde Lázaro Cárdenas hasta Peña Nieto,  está un dato numérico, no espiritual, un dato estadístico que nos remonta al mejor desarrollo del Producto Interno Bruto de México en la historia: El milagro mexicano de crecer a una tasa, en promedio, del 6% anual durante varios años, durante la década de los 40s del siglo XX. Era un dato que representaba anhelos y esperanzas, y que lamentablemente no pasó de ahí. Ello demostró, también, que crecer no significa desarrollarse; había que distribuir con mayor justicia social el ingreso que generaron muchas generaciones de trabajadores mexicanos. No se entendió y eso le costó al partido hegemónico surgido de una auténtica Revolución, perder el poder político en dos ocasiones. Su recuperación costará mucho esfuerzo, si es que se logra, a muchas nuevas generaciones de mexicanos que crean y se convenzan de la nueva socialdemocracia mexicana.

Al actual gobierno federal, no lo podemos llamar nuevo régimen porque se comporta como un gobierno de la época de los 70s, no ha comprendido tampoco que resolver la pobreza es la mejor y más efectiva política para llegar y conservar el poder. El número de votos que pudiera obtener de los clientes/becarios, no le alcanzará para superar el número de votos de los desempleados y mayoría empobrecida que está dejando como el saldo de una incomprensión total del arte de gobernar bien y para todos.

Deberían de existir, prioritariamente, en el mundo, programas, fondos, instituciones, especialistas, y un enorme compromiso de a de veras (no solo durante los bostezos mañaneros), por parte de los gobiernos establecidos en el mundo, para extirpar al principal flagelo de la humanidad.

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