Octava de Carnaval

In Opinión

Por: Alfonso ESQUIVEL CAMPOS

“El respeto al derecho ajeno, es la paz”. B. J.

“El respeto al derecho ajeno, es la conservación de la dentadura”. Anónimo

Guerra entre bandas

La guerra entre grupos humanos siempre ha existido. Desde el inicio de los tiempos prometeicos por la necesaria conservación del fuego para  la sobrevivencia, la humanidad siempre ha guerreado.

Es inherente al ser humano. Va con su naturaleza egoísta diría Hobbes (el del Leviatán-Estado,  castigador de malosos), es connatural, congénito, el sentimiento y uso de la violencia entre los seres humanos.  Lombroso, afirmó palabras más palabras menos, que en cada uno de nosotros hay un criminal en potencia, basta con que se den las condiciones necesarias para que aflore con toda su fuerza.  Si, ya sé que Juan Jacobo Rousseau opinaba que el hombre nace bueno y que la educación lo salvaría e igualaría en caso de que se descarrilase del buen rumbo en la vida.

En mi adolescencia, como casi todos los jóvenes de mi barrio, tuve que pelear, al salir de clases, en el parque de juegos, en la cancha de fútbol, en algún patio acordado, en el estacionamiento de la escuela, en la calle. Pelear era lo más natural del mundo. El motivo era lo de menos y los argumentos eran los mismos y trillados de siempre: el amor de una mujer (quizá el pretexto más usado), el defender con gallardía al amigo defenestrado, más sofisticado era defender el territorio de una calle mancillada por “un extraño enemigo”, o simplemente, para resguardar el honor y la dignidad ante una ofensiva  y aplastante  mentada de madre. Sin discusión se fijaba fecha, lugar y hora del combate. Los padrinos eran los más que pudieras llevar de compañía ante una eventual madriza colectiva.

Las peleas se fijaban con un apriorístico protocolo no escrito que tenía que respetarse a ultranza so pena de recibir una ejemplar putiza por no atenerte  a la tradición de los Pactos sellados  por los mejores gladiadores de la comarca, atrás tiempo. Por ejemplo, la pregunta número uno (al menos en mi generación) era: ¿“con patadas o sin patadas a los huevos”?, la segunda, menos severa en el acuerdo, podía ser ¿”Solo madrazos o se valen patadas”? , la tercera, “cuando salga mole doña maría, o sea, sangre, le paramos”.

Y así, por el estilo, se forjaba la tradición de la normatividad de las peleas callejeras. Su moralidad, diría algún sociólogo de las tribus.

A veces, las ganas, el encono, los deseos de venganza, o la simple estupidez propia de la juventud arrebatada, precipitaba un combate espontáneo, pero aún así, siempre había alguien que intentaba conciliar un justo encuentro dentro de nuestro rupestre “marco de derecho”.

Es decir, había reglas establecidas por la tradición o la costumbre, una especie de moral aceptada por todos para el beneficio común. Quizá no fueran las mejores normas pero nos permitieron convivir en paz durante mucho tiempo. En este periodo, muchos combatientes terminaron siendo amigos, o al menos, gente que se respetaba entre sí. Los Acuerdos funcionaban y hacían funcionar la vida, el libre tránsito en las calles, los enamoramientos entre chavos y chavas de distintos barrios o colonias, el encuentro amistoso de grupos deportivos, entre otras bondades que nos permitían los protocolos no escritos. Cuando se rompieron, literalmente, corrió mole doña maría.

A finales de los ochenta y principio de los noventa, la cosa cambió para mal.  Los emocionantes combates entre bandas o grupos de los distintos barrios o regiones periféricas de la ciudad dejaron de ser peleas pactadas entre caballeros que reconocían por igual, su victoria o su derrota y no buscaban la revancha traicionera o el descontón mafioso al momento de la confiada salida de alguna fiesta o reunión, hasta convertir el asunto en una violencia organizada e indiscriminada cuyos saldos colaterales los sufrieron , como siempre , los más débiles y menos involucrados en los conflictos entre bandas.

Aparecieron instrumentos de castigo inimaginables en las peleas individuales o colectivas, la cosa se volvió bizarra, sucia, perversa. El objetivo era dañar, lastimar, mientras más, mejor. Aparecieron las primeras bandas delincuenciales (algunas con apellidos que se hicieron famosos allende las fronteras locales para convertirse en nota roja nacional). Gladiadores antaño legendarios por su gallardía y limpieza, migraron hacia las esferas más lucrativas del asalto, el robo o de plano, el asesinato. El ambiente se cargó de miedo. Ni las bodas o quince años se salvaban de los destrozos de estas hordas cuyos patrocinadores, gritaban ellas mismas, venían de hombres y mujeres poderosos. La cosa nuestra, de barriada, dejó de ser un divertimento, para ser algo más parecido a la Cosa Nostra.

Hasta que apareció el primer muerto por arma de fuego durante un desfile del 20 de noviembre. Después o antes (para el caso es irrelevante), el segundo muerto en la salida de un estadio de béisbol. Balaceras e intentos de homicidios en cantinas, bailes populares, peleas con armas blancas, rojas y negras en los parques y barrios. El asunto dejo de ser nuestro, se había convertido en asunto de Estado. El gobierno o los gobiernos intervinieron. Algunos miembros de las bandas se ingresaron a las cárceles, otros ingresaron a los camposantos para su morada eterna. Algunos emigraron para siempre de estas tierras. Otros viven con miedo a la venganza artera hasta hoy día.

Todo lo anterior, para los escépticos o para los que crean que esto es ficción literaria, pueden consultar, si ese fuese el caso, la amplia hemerografía de la época, para constatar que esta historia corresponde a un pasaje de varios años en la historia de esta ciudad, de la que algunos ilusos o ingenuos o quizá bien intencionados afirman que nunca   pasa nada.

A propósito de Pactos y guerras y peleas, no sé porque tengo el angustiante sentimiento de que hoy, más que nunca, no me gustaría estar en los zapatos de quien ustedes ya saben.

 

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