Octava de Carnaval

In Opinión

Por: Alfonso ESQUIVEL CAMPOS

Gandhi no debió de morir

Con todo respeto, dedico este breve y modesto artículo a Don Eusebio Leal Spengler, Historiador y Patrimonialista cubano.

Un deceso más, que seguramente se lo adjudicarán al traído y llevado covid19, pero cuyo culpable, como en el caso de decenas de miles de muertes de mexicanos, se debe de buscar en la falta de una política pública federal que nunca fue capaz de discernir con meridiana claridad y  eficiencia, qué es lo verdaderamente prioritario en escenarios altamente complejos como el que vivimos actualmente.

Me refiero a la Librería Gandhi. La especializada en venta de saldos, pero qué saldos. La mejor librería de México. La de la calle Miguel Ángel de Quevedo. La legendaria librería Gandhi de todos los mexicanos. Ha cerrado sus puertas definitivamente, para siempre, ha muerto. Y no de covid, sino de desatención gubernamental y una nula política de salvamento orientada a salvaguardar a las instituciones auténticamente necesarias y útiles para el desarrollo educativo y cultural del país.

México, es un país con una larga tradición libresca y lugar de  refugio para aquellos que los escriben. Solo por mencionar dos de los peces gordos de la literatura mundial: León Felipe y Gabriel García Márquez. Paz es mexicano, por eso resulta reiterativo señalarlo, pero vale.

Desde el siglo XVI que arribamos a la cultura occidental sorprendidos por el viejo mundo, México inicia su relación con los libros. Traídos entre un mundo de mercaderías de todo tipo, llegaron los primeros opúsculos, vigilados por los sancionadores ojos de la inquisición, pero llegaron.

El siglo XVII y XVIII, vieron el extraordinario crecimiento de la impresión y distribución de los libros religiosos y de otras ideologías por igual. Y se establece en la ciudad de México,  la primera imprenta en América Latina.

A mediados del siglo XIX, se establece la biblioteca Nacional mexicana que contiene un acervo bibliográfico excepcional y nos ubica, culturalmente hablando, a la par de otros países del orbe.

Es durante este siglo que surgen los primeros expendios de libros y las llamadas librerías de viejo en la capital del país, valga señalar, cerca de las plazas urbanas, donde se hallaban por igual,  las instituciones gubernamentales, comerciales y religiosas.  Vaya, que la ubicación de estas librerías respondía a una forma de distribución urbana en la cual eran consideradas como espacios necesarios y hasta naturales en los modelos de crecimiento urbano de las ciudades de ese entonces.

En 1900, se establece en la ciudad de México, la primera editorial y librería propiedad de la triada de hermanos asturianos de apellido Porrúa. Desde entonces la librería Porrúa ha enriquecido el contenido intelectual de los mexicanos al imprimir y distribuir el conocimiento, en sus múltiples formas narrativas, a partir de importantes colecciones, como la Jurídica o la legendaria Sepan Cuantos. Hoy día, derivadas de este sello emblemático, se han creado cuatro editoriales más con la firma Porrúa. Destaca por su vinculación con universidades, instituciones culturales, gubernamentales, legislativas y el sector privado, el sello Miguel Ángel Porrúa, el cual obtuvo  el reconocimiento de Mejor librero, Editor y Coleccionista de libros que otorga la Feria Internacional del libro de Guadalajara  a libreros de Hispanoamérica.

Durante el siglo XX, también se establecen en mercados públicos las llamadas Alacenas de libros que eran pequeños expendios de libros con un acercamiento a las clases populares y que generaban el descontento y suspicacia, de las autoridades al distribuir por igual panfletos, pasquines, revistas, y otros libelos que criticaban al gobierno en turno. Tal vez fueron el antecedente de los actuales Estanquillos o puestos de revistas.

Es en los primeros años de la década de los 70 del siglo XX que surge en México Librería Gandhi,  el concepto moderno de librería, que considera al libro no como un objeto resguardado detrás de un mostrador, el cual hay que solicitarlo con datos precisos para facilitar su búsqueda al   librero en turno, sino que pone en contacto al lector de manera inmediata, no con EL libro sino con LOS libros, con la posibilidad de agarrarlos entre las manos, hojearlos, leer las contraportadas, consultar los precio, acariciarlos, olerlos.

Es decir, Gandhi, puso  en contacto la geografía y el espíritu del libro con el ánimo y el gusto del lector de forma directa y sin intermediarios. El concepto de autoservicio en toda su extensión.

Evidentemente, el volumen de venta de los libros fue un acontecimiento inmediato.

Pero Gandhi no se fijó solo en el incremento de saldos vendidos, sino que fue más allá. Con frecuencia te podías encontrar con algún escritor que presentaba su último best seller o su opera prima. El contacto con los autores y una fructífera charla con ellos, cargada de aprendizaje era otro de los buenos saldos que encontrabas en su magnífica oferta.

Ni que decir de una primicia de lectura disfrutando algún bocadillo y buen café en su espléndida cafetería. En fin, podríamos llenar muchas cuartillas narrando infinidad de anécdotas ocurridas, las cientos de horas, miles, millones que invirtieron otros tantos de mexicanos en este espacio vital para la cultura nacional que fue durante décadas Librería Gandhi

Como la empresa exitosa que llegó a ser, su mercado de distribución se extendió a 44 sucursales, un convenio con Wall Mart, y con algunas otras empresas afines. Supongo que la extinción de la firma, en algunos casos, será lenta y quizá en otros, se podrá mantener unos días más.

Pero la original e irrepetible Librería Gandhi, la original, la de la calle Miguel Ángel de Quevedo, la auténtica y legendaria Gandhi, ha cerrado sus puertas, feneció por el mortal virus de la ignorancia y la ineptitud de quiénes no supieron ver en ella a una auténtica institución nacional. Ha sido declarada oficialmente, muerta. Y, Gandhi, no debió de morir, ay de morir…

 

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