San Francisco: un barrio con mucha tradición

In Opinión

Rodolfo BERNÉS GÓMEZ

San Francisco, un barrio con mucha tradición, sitio donde los españoles hicieron su primer arribo y asentamiento, siendo testigo de esa mezcla de españoles con los mayas de la región, creando ese mestizaje que hoy forma parte de nuestro ADN.

Muchos son los recuerdos que conservo en mi memoria y guardo con recelo en el baúl de las cosas buenas que nos han sucedido. Mi barrio “San Francisco”, que aunque no nací ahí, mi madre Mireya sí, por lo que por mis venas corre sangre sanfrancisqueña.

Barrio de gente honesta y trabajadora, muestra de ello doña Carmita Barrera de López, que con su esfuerzo pudo sacar adelante pese a las adversidades a sus tres hijos, dicho sea de paso Rogelio, el mayor, es uno de mis mejores amigos. Javier Medina Fuentes, al igual que Rogelio amigo de toda la vida.

El frecuentar estos sitios a los que acudíamos de niños, me vienen muchas remembranzas; ya pasados los años y con la partida de los pilares de estas familia y la mía, mis visitas se han tornado menos frecuentes.

Desafortunadamente el pilar que soporto ese árbol de la familia Gómez Barrera, de la cual tengo mis raíces (Gómez) partió hace un par de años, quedando solo el de la familia Gómez Barrera: mi tío Hernán, sus hijas Aida Salomé y Lupita (Gómez Cambranis), hoy en día la alegría de esa casa es la hija de Aida, Alejandrita, una chulada de niña.

Minerva, la pequeña de esta familia y su descendencia viven en Cunduacán, Tabasco, ya que al contraer matrimonio a su esposo Wilberth Boldo, campechano también, le asignaron su plaza de maestro en esa ciudad, de eso como dicen en mi pueblo, ya llovió.

En esa casa vivió mi madre, fue una familia numerosa, pero desafortunadamente algunos de ellos fallecieron de pequeños, sobreviviendo: Tomasa, Julia, mi madre Mireya y la más pequeña Minerva, de los varones Hernán Gilberto y Carlos Abraham.

Son muchos recuerdos familiares que se aglutinan en mi memoria hasta tropezarse entre ellos, uno de estos el de una novia que tuve en ese barrio bravo, bellísima ella, no sé cómo me hizo caso, vivía sobre la calle Zarco, su papá me daba miedo, su mamá me trataba muy bien, fue por el año 1969.

Retornando a mi familia, recuerdo que en el gran patio de la casa de la abuela hay una cueva, que se decía conectaba con otras más, no sé si es verdad o mentira.

Les platicaré algunos sucesos familiares, que hoy puedo hacer, pues sus actores ya partieron, pero lo sé de boca de estos.

Mi papá, además de peleonero, al parecer tenía mucho pegue con las del sexo femenino, decían que enamoraba hasta una escoba con vestido, pues resulta que mi papá de Santa Ana y mi madre de San Francisco, ocasionaba que los muchachos del barrio de mi madre le tiraran la bronca y él más pronto que tarde se agarraba a los golpes; fueron muchas las ocasiones que ocurrió esto.

Mi padre trabajaba de chofer de un volquete con don Rosendo Sánchez en una quebradora que estaba en mi barrio, Santa Ana. Mi madre la verdad que muy guapa tenía otros pretendientes de su barrio, estos con mucho dinero, por lo que mi abuela aborrecía a mi padre entre otras cosas por pobre, cuando llegaba de visita salía con su palangana de orines y los aventaba a la orilla de la puerta.

Mi papá no era un angelito que digamos, siempre respondón, (lamentablemente se lo heredé), en casa dicen que no voy a brillar en sociedad, ya que siempre digo lo que pienso.

Resulta que, en una de esas visitas, mi mamá le entrega una carta a mi papá y en el sobre decía: de Mireya (mi madre) para Rodolfo, esa carta la había escrito mi abuela Tomasa, en ella le decía hasta de qué se iba a morir, que era un negro feo, pobre, entre muchas cosas más y la firmaba como Mireya.

Mi papá le pidió a mi madre una pluma y un papel y escribió también, entre otras cosas: “Tomasa, vieja verde, nalgas de papa, bruja apestosa, cochina”, y cuanto se le ocurrió, y la firma Rodolfo, y le pide a mi mamá se la entregue a mi abuela; después de unos minutos sale mi abuela hecha una furia con una tranca en mano mentando madres y vociferando: hijo de tu p?$a m#%*e, pinche negro, te voy a romper la madre, y le grita: “a ver repíteme lo que dice la carta”, y que creen que hizo mi padre, ¡se lo repitió! tal cual estaba escrito. Era canijo el viejo, ni su suegra se le escapaba.

Dese luego le prohibieron a mi mamá que mi papá fuera a su casa. Mi madre desde muy joven fue independiente económicamente, desde pequeña fue muy trabajadora, lo hizo en establecimientos de ropa y sus jefes la querían mucho, y con esos ingresos sufragaba sus gastos. Mi madre al parecer era la consentida de mi abuelo Gerardo, quien falleció a los 48 años, él la protegía y desde luego mi abuela estaba celosa de ello.

Al morir mi abuelo, mi madre se sintió desamparada, por lo que optó por casarse con mi padre, como mi mamá era menor de edad necesitaba la firma de su madre, quien se negaba a firmar el consentimiento, me comentaba mi mamá que estaba sentada en su hamaca y el juez pidiéndole que firmara y ella terca como una mula: ¡no firmo!, ¡no firmo!, decía. Como mi tía Tomasa trabajaban en la oficina del gobernador, esta le comento previamente al Ejecutivo de la situación y él dijo que de no firmar mi abuela, él podría como autoridad hacerlo.

Bueno, pues después de mucho, mi abuela firmó, no sin antes decirle a mi madre hasta de qué se iba a morir.

Fueron muchos los baches que tuvieron que sortear, y esos relatos nos hacían reír en casa al recordarlos.

Yo nunca sentí el amor de mi abuela hacia mí, no recuerdo un beso o una caricia de ella, en cambio con los hijos de mi tía la más pequeña las cosas eran diferentes, tal vez porque tenía autoridad sobre ellos, las sanciones de nuestro comportamiento hacia mi hermano Raúl y hacia mi eran dadas por mis padres y nadie más, ni mis abuelas, ni nadie. Minerva, celosa tal vez, dice que le hacíamos maldad, ¡y hasta creen que una niña de unos 13 años se dejaría de un par de mocosos de seis y tres años!

Mi mamá todos los domingos nos llevaba a casa de mi abuela, recuerdo que en frente de la casa vivía don Mauro Ku y le íbamos a comprar las barquillas que elaboraba en su casa, ponía un comalito en el umbral de la puerta que da a la calle 12 “A”, y ahí se la pasaba trabajando, y desde luego por la tarde cuando salía a su venta de helado en ese carretón que por nombre tenía “El nuevo modelo de Halachó”, le comprábamos helado, yo prefería el de mamey.

Había un señor muy amigo de mis tías, su nombre Panchito, trabajaba con los Sélem y los domingos llevaba una tonga de revistas, como Memín Pingüin; los Supersabios; La pequeña Lulú; Rayo de Plata; el Llanero solitario, entre otras más. Llevaba también una bolsa de dulces típicos, como piñones, merengues, chancletas, budines, etc.

Ocasionalmente mi madre nos llevaba al Cine Renacimiento a las matinés, lugar que siempre estaba lleno de murciélagos.

El mercado de San Francisco era visitado ocasionalmente por mi madre, tenía muchos amigos y amigas, siempre les llevaba a las viejecitas vendedoras alguna despensa o ropas, yo acostumbro aún hoy día ir a hacer algunas compras.

Vivía en este barrio “el tío Julián”, hermano de mi abuelo Gerardo, tenía un cayuco de nombre “El príncipe”, en él nos llevaba a esas travesías que se le ocurrían a mi papá y que nuestro destino final era Isla Arena. Al pasar por Jaina descendíamos del cayuco y dábamos un pequeño recorrido por ese lugar desolado, este tipo de recorrido es ideal para esos turistas de aventura que gustan de estas experiencias.

Después de un rato en ese sitio nos dirigíamos a Isla Arena, donde había y hay mucha descendencia de los Gómez y de los Molas (apellidos de mi abuelo); nos prestaban una casa junto al faro, ahí donde está actualmente el museo, y los parientes nos llevaban pescados, cangrejos, caracol, jaiba y muchas cosas más; mi madre siempre fue muy amigable y con todos se llevaba, mi papá se dejaba querer y disfrutaba mucho de este paseo.

Recuerdo en especial que en una ocasión nos acompañaron unos amigos de la prepa, entre ellos Perico Cuevas; para comenzar, la ida fue acompañada de una lluvia intensa, todos bajo una inmensa lona que cubría la lancha, recuerdo que era amarilla, el viaje duró muchísimo.

Perico arrepentido por las peripecias del viaje, optó por regresarse al otro día a Campeche, unos pescadores que venían a avituallarse a Campeche le echaron el aventón, al pasar la lancha por el extremo de la isla, sitio donde estábamos instalados, y al cruzar frente a nosotros gritaba eufórico su regreso a Campeche, resulta que al entrar la noche los pescadores tuvieron que retornar remando, pues se había deteriorado la lancha, imagínense la burla que le hicimos a Perico.

Mi madre partió a un mejor espacio, y con ello se distanció la asistencia a la casa de la abuela, mi tía Tomasa acostumbraba a hacer posadas o cabos de año de algunos parientes, esas eran las ocasiones en que asistíamos, y con la partida de Tomasa, las visitas se tornaron aún más distantes.

Es una familia tradicional que se extingue paulatinamente, pobladores este barrio, que fue testigo del génesis de nuestro mestizaje, del cual los campechanos nos sentimos orgullosos.

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