¡Si Comandante, estamos listos¡

In Opinión

El ejército es una organización del pueblo en plena defensa de su soberanía y su mandato supremo no podrá ser utilizada para reprimir la voluntad popular de la cual forma, constitucionalmente, parte indisoluble. Esta, podría ser una posible, positiva y noble interpretación de la carta magna en su articulaje referente a las funciones del Ejército y la Guardia Nacional. Su indudable apego al espíritu constitucional es el aval que garantizaría que el Ejército está al servicio de Juan Pueblo, verdadero soberano formal de esta irredenta nación. Pero, estimado ciudadano de a pie, la triste realidad es otra, muy alejada de las filosóficas o politológicas interpretaciones de los manoseados textos constitucionales. No. El Ejército mexicano, está escrito e inscrito en la historia, siempre ha estado al servicio, no del Estado, sino del gobierno federal. El presidente de la República es, de acuerdo a la Constitución, el comandante supremo de las fuerzas armadas. 

Si bien es cierto que el ejército, en algunas ocasiones ha jugado papeles hasta de rescatista de temblores, también es cierto que los saldos en la opinión ciudadana, nunca los terminan de favorecer. 

Al parecer, el atropello de su fuerza y la estricta jerarquización de sus órdenes superiores, avasallan con la poca simpatía que emana de una organización que debe estar echa y derecha para proteger a cada uno de los ciudadanos de este país. Al contrario de inspirar respeto y confianza, nuestro Ejército nos inculca miedo. 

Este año, en medio de un país peligrosamente polarizado en lo sociopolítico, con un gobierno federal cada día más autoritario e intolerante, con una caterva de partidos políticos que nos cuestan miles de millones de pesos anuales y que no sirven sino para dar espacio y lugar a las castas políticas de siempre, con una pandemia que ya rebasó la maldita cifra de los cien mil (100 000) muertos y más de un millón (1 000 000 +), de contagiados de Covid ( lo cual nos convierte en el cuarto país con más daño provocado por la pandemia), con una inminente crisis económica que amenaza con ser la más profunda de nuestra historia; en resumen, con una democracia a la deriva como barco sin timonel ni timón, el ejército ha sido premiado con más de mil por ciento ( 1000 %) de incremento de sus presupuestos para el 2021. 

Se preguntará usted, ciudadano de a pie, a que se debe este más que sustancial incremento de sus presupuestos al ejército nacional. Pues bien, la respuesta me parece obvia, si consideramos que las gloriosas fuerzas militares, por designios del comandante supremo de la T4, tienen dentro de sus múltiples tareas incrementadas por el Ejecutivo Federal, además de las de vigilar la soberanía, el territorio, y la paz social, las de construir aeropuertos, trenes y vías, carreteras, hospitales, refinerías, y todo feliz disparate que emane de la egregia inteligencia del siervo de la nación. Con tantas funciones asignadas, hasta se antoja insuficiente ese increíble incremento financiero. 

El ejército hace más de un siglo que no es un actor activo en las luchas por el poder político. Desde la separación del ejército realizada por Tata Lázaro en los años treinta del siglo veinte, con la finalidad de pacificar y darle civilidad a la contienda política y electoral posrevolucionaria. 

Fue una decisión acertada y sabia, como muchas otras que ejecutó Lázaro Cárdenas a favor del pueblo de México, en los días de la incipiente formación del Estado mexicano moderno, una vez superado el llamado estado liberal oligárquico. 

Desde entonces, el ejército fue “sentado en la banca” de la política mexicana y sus luchas por el poder. Quedaba en manos de los ciudadanos civiles disputar la conducción de los destinos de la patria. 

Hace apenas unos días, el ejército mexicano, en pleno mes revolucionario, volvió a ser noticia nacional e internacional. En algún aeropuerto norteamericano detuvieron al General Cienfuegos, comandante cinco estrellas diplomado de estado mayor, y demás títulos, por órdenes de la Fiscalía de aquel país vecino, socio y amigo, según las declaraciones hechas por nuestro presidente en su única visita a algún país del orbe. 

De inmediato, la maquinaria mercadológica del presidente mexicano echo a correr el rumor de que era un duro golpe contra el gobierno peñanietista. Pero el numerito, como el de Lozoya y otros, no alcanzó a llegar al primer capítulo de la serie Cienfuegos el Corrupto, cuando los analistas, que supongo los hay, del gobierno de la T4, percibieron la gravedad del asunto para el gobierno en turno. El actual comandante del ejército mexicano fue figura cercanísima a Cienfuegos y cualquier acusación pudiera implicarlo de manera directa. Eso, por un lado, por el otro, el presidente, para deslindarse del asunto, en un primer momento, declaró públicamente, que se abriría una investigación al ejército con la finalidad de encontrar y erradicar toda la polución de esa honorable institución. 

Pero, siempre hay un, pero, el ejército, especulo con el tema, le recordó al siervo de la nación, los innumerables favores hechos a su gobierno y le exigió, bajar bandera de investigación alguna, y que se concentrara, por todos los medios posibles a su alcance, en lograr el regreso de Cienfuegos a México, para que sea “juzgado” por las severas leyes mexicanas. 

Así, el ejecutivo federal, instruyó a su ministro predilecto ya saben quién, para gestionar, comprometiéndose a lo que fuera necesario, para que la fiscalía norteamericana, devolviese sano y salvo al General Cienfuegos a México, en donde, de manera pronta y expedita, los fiscales nacionales, lo declararon inocente de cargo alguno y lo liberaran para que se incorpore, de inmediato, a los festejos de la revolución mexicana y a las fiestas decembrinas venideras en unos cuantos días. 

De esta manera concluyó una gesta heroica más de nuestro glorioso ejército nacional. Y de paso, un disparate más de la T4. 

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